En la antigua Atenas, el surgimiento de la democracia fue también el surgimiento del derecho del ciudadano a expresar públicamente su opinión; pero entonces el ciudadano que opinaba se exponía a que otros ciudadanos discutieran su opinión. Esa discusión fue el origen de un arte llamado “dialéctica”, cuyo propósito era, no meramente discutir, sino demostrar la verdad o la falsedad de la opinión que se discutía.
En la discusión dialéctica había una opinión que afirmaba, y una opinión que negaba. Por ejemplo, alguien opinaba que el Universo se componía de un único elemento; y alguien opinaba que se componía de varios elementos. Quien opinaba, argumentaba para demostrar la verdad de su opinión, y esa argumentación incluía refutar la opinión de quien negaba. Hasta el grado en que había oposición entre afirmación y negación, en la discusión dialéctica había opiniones opuestas.
Uno de los primeros filósofos dialécticos, o filósofos especializados en la discusión dialéctica, fue Zenón de Elea, quien, con asombrosa intrepidez, intentó demostrar que una flecha ya disparada siempre estaba en reposo. Algunos filósofos dialécticos, llamados “sofistas”, negaron que hubiera una opinión intrínsecamente verdadera o falsa; y creían ser capaces de convertir una opinión verdadera en una falsa, y una falsa en una verdadera. Célebres sofistas fueron Protágoras y Gorgias. Una novedosa modalidad de la dialéctica, introducida por Sócrates, fue la mayéutica, que consistía en la búsqueda de la verdad por medio de un proceso creativo de pregunta y respuesta.
Sócrates y Aristocles, llamado “Platón”, creyeron que había, no solo una opinión sofística sobre las cosas, sino una auténtica ciencia, o conocimiento de la esencia del ser; y concibieron la dialéctica como método para conocer esa esencia. Aristóteles no compartió esa concepción; y afirmó que la dialéctica era un método para discutir correctamente sobre cualquier tópico, a partir de opiniones aceptadas por todos, o por la mayoría, o por los más sabios.
La Escuela de Megara, fundada por Euclides de Megara, cultivó la dialéctica y tuvo predilección por plantear paradojas, como ésta: alguien afirma que miente; pero si miente, entonces su afirmación es verdadera (porque realmente miente), y entonces no miente (porque realmente afirma algo verdadero). La Escuela Estoica, fundada por Zenón de Citium, afirmó que la dialéctica consistía en la lógica. Por lo menos en el Siglo V de la Era Cristiana, la dialéctica fue el arte de distinguir entre verdad y falsedad (como relata Marciano Capella en su obra “La boda de Mercurio y Filología”).
Kant afirmó que la dialéctica era la lógica convertida en un medio de conocimiento de cosas; pero entonces era lógica de la apariencia, porque el objeto de la legítima lógica no eran las cosas mismas sino la forma pura del pensar correctamente, que por definición abstraía todas las cosas. Esa lógica convertida en dialéctica era causa de que la razón incurriera en contradicciones irresolubles, o antinomias.
Hegel afirmó que el espíritu absoluto, o esencia racional potencialmente primera de todas las cosas, era dialéctico; lo cual significaba que era contradictorio. Empero, se desarrollaba para crear el mundo, y ese desarrollo consistía en superar su propia contradicción. Marx afirmó que su concepción de la dialéctica era opuesta a la concepción hegeliana porque el proceso dialéctico ocurría, no en el mundo espiritual, sino en el mundo material, del cual era reflejo el mundo espiritual.
Post scriptum. Una definición ortodoxa actual de dialéctica puede ser ésta: proceso por el cual las contradicciones que supuestamente hay en el ser, generan un proceso de desarrollo por el cual los términos de la contradicción, o tesis y antitesis, son eliminados, no por aniquilación sino por superación, mediante la síntesis de tesis y antitesis.