Por andar de vago el viernes en Quetzaltenango me enteré tarde (hasta ayer domingo) de la muerte del Cardenal Carlo Maria Martini, Arzobispo emérito de Milán, y una de las voces más interesantes y genuinas dentro de la Iglesia Católica en el mundo. Según la chismografía periodística, que en temas de vida eclesial habitualmente anda en la calle, Martini era considerado como sucesor seguro de Juan Pablo II, pero en lugar de eso, continuó con su trabajo pastoral desde la trinchera de la predicación y la escritura de libros.
Martini, que murió con 85 años afectado por el Parkinson, dejó según las notas de prensa, una entrevista póstuma en donde se recoge el espíritu de las convicciones que acompañó al pastor hasta el último de sus días. Entre sus joyas, afirma que la Iglesia Católica tiene 200 años de retraso y que su renovación constituía un imperativo al que muchos celosamente se oponen.
“La Iglesia está fatigada. Nuestra cultura ha envejecido, las iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías… y nuestros ritos, nuestras costumbres son pomposas”. “La Iglesia debe reconocer sus errores y emprender el camino radical del cambio, comenzando desde el Papa y los Obispos”.
Me parece que el Cardenal Martini, jesuita de cepa, tenía una visión clara de lo que sucedía en la Iglesia y adoptó una actitud profética, pero no rebelde ni violenta, con actitudes arrogantes ni ególatras, sino desde el interior mismo de esa Iglesia que seguramente amó y a la que se entregó durante toda su vida. Fue un hombre crítico y abierto al que siempre le interesó el “aggiornamento” vital de la institución cristiana. Solo así se puede entender que haya dejado escrito que “los escándalos de pedofilia nos obligan a emprender el camino de transformación”.
El Obispo de Milán también fue menos riguroso con las parejas divorciadas. Se sentía triste por la actitud de algunos obispos y sacerdotes que alejaban de la comunión o hacían sentir culpables a las mujeres separadas. Incluso comprendía a las mujeres que encontraban un nuevo compañero que las ayudara a educar a los hijos que crecían sin sus padres.
“Una mujer es abandonada por su marido y encuentra un nuevo compañero para ocuparse de ella y sus hijos: un segundo amor conquistado. Pero si esta familia es víctima de discriminación (por parte de la Iglesia), se deja afuera no solo a la madre sino también a sus hijos. Si los padres se sienten fuera de la Iglesia o no sienten su apoyo, la Iglesia perderá las generaciones futuras”.
La entrevista póstuma publicada por el Corriere della Sera, un día después de la muerte del Arzobispo, tuvo como protagonistas al Padre Georg Sporschill, el hermano jesuita que lo entrevistó en su libro “Conversaciones nocturnas en Jerusalén” y a Federica Radice quienes encontraron a Martini el 8 de agosto del año en curso.
La Iglesia Católica tiene la palabra y quizá la tarea de responder la pregunta última del cardenal ahora difunto: “ya que está atrasada 200 años, ¿Cómo es que no se sacude? ¿Es que acaso sentimos miedo”?