La violencia se ha constituido ya en uno de los rasgos que acompañan a la noción de esta sociedad o de las sociedades vecinas en la región, hay una relación que hacemos casi de manera inmediata entre lo que somos como colectivo y una realidad de crimen, que se recrea en una gama muy amplia de formas de exterminio. Una de sus consecuencias a través de la cual advertimos que el entorno en el que habitamos es peligroso, es la sonada inseguridad; es la sensación de vulnerabilidad que sentimos cada vez que nos asomamos a la calle y también en casa; está visto que formas decadentes y sórdidas de violencia suceden en la calidez del hogar. Es decir que la forma violenta en la interrelación social, es ya una característica que posibilita el intercambio entre los guatemaltecos, la vida sucede a través de la violencia, es uno de los códigos de comunicación.
En uno de los barrios de esta ciudad, hace no muchos años, sucedió una historia trágica que empezó con amor y terminó con muerte. En las profundidades de las calles yacen los actores de las tragedias y dramas, todos somos espectadores latentes de perfectas odiseas que se van forjando desde la familia y se van exponiendo a lo largo de la vida, de manera pública. Aquella historia se gestó entre dos jóvenes muy jóvenes que empezaron una relación afectiva que se consumó, como era previsto en un noviazgo fulgurante. La cifra de asesinados de distintas manera en lo que va del año da cuenta de 4 mil 255 cuerpos, además de 4 mil 644 heridos, 94 secuestros y 255 extorsiones, según datos oficiales, con seguridad hay casos no reportados que abultan las cifras anteriores.
Con tal legado de muerte con seguridad ya hay médicos que han desarrollado capacidades para atender los destrozos que ocasionan en el cuerpo humano, las heridas por balas de distintos calibres o las cortadas por armas punzo cortantes. La capacidad de brindar afectividad y amor a otra persona, supone primero la capacidad de la autoestima personal, la posibilidad de considerarse digno, solo entonces deberíamos asumir el reto de una pareja. En una sociedad conservadora y moldeada por valores doble moralistas de la religión que luego se ve avasallada por la pobreza, la inequidad y el despojo, seguramente se gestan seres humanos reprimidos. La historia de Guatemala empieza con muerte en la irrupción ocasionada por la invasión, lo que ocasionó un trauma fundante en un rasgo negado de nuestra identidad. Aquellos jóvenes ennoviados empezaron una tórrida relación que pronto adquirió los vicios y los lastres característicos de la inmadurez afectiva; él se asumió pronto en el hombre “dueño†de su “mujer†y por supuesto los celos, aquellos pequeños animalitos que Eduardo Galeano ilustró como los que soplaban al oído de los amantes, que en este caso pronto se hicieron monstruos y la violencia ya no solo fue psicológica sino física.
Ya en tiempos de posguerra, es decir de la paz, en este país han llegado a ocurrir más muertes violentas que las ocasionadas por la guerra. Hemos asumido con normalidad culposa las muertes diarias, hemos ecualizado en el mismo nivel tanto la noticia de un cadáver de una mujer joven desmembrada encontrada en sitio baldío, como el asalto de celulares o los desbordes de ríos. Los novios de la historia pronto se hallaron en un círculo tormentoso y ella decidió terminar la relación. En el fondo el joven no asumió la ruptura porque se consideraba el poseedor, así que decidió que el quiebre fuera definitivo; citó a la ex para arrojarle el despecho y la sinrazón sellando su derrumbamiento con un tiro de muerte sobre ella. Al conocer la tragedia, su familia emprende cacería de venganza sobre el agresor, solo para conocer que el exnovio acabó él mismo con su vida de la misma manera, un balazo en la cabeza. Al día siguiente los dos cuerpos yacían uno a la par del otro en la morgue a la vista familias sedientas de venganza y rencor. Así termina un acto cotidiano de la historia violenta de Guatemala.