Justo donde los aztecas hallaron la señal divina de un águila sobre un nopal devorando a una serpiente para fundar su ciudad, en el Zócalo de la capital mexicana, en la Navidad de 2008 se erige un árbol gigante, una pista de hielo, una cabaña nevada y un iglú al estilo de Alaska.

«Seguimos aquí, con la música y la diversión en la pista más grande del mundo: 32 mil metros cuadrados de hielo», anuncia un altavoz mientras más de 500 personas de todas las edades se lanzan a patinar, la mayoría por primera vez en su vida, por la helada superficie.
En la víspera de la noche de Navidad, el sol brilla esplendoroso y el espejo de hielo, mantenido con modernos y potentes refrigeradores, contrasta con monumentos de siglos atrás, como la Catedral, el Palacio Presidencial y el Ayuntamiento.
«Es la primera vez que patino porque aquí no hay pistas y hay que aprovechar, ojalá y no me caiga», comenta Alejandro Ramírez, un estudiante de 16 años que con dificultades mantiene el equilibrio agarrado de la barandilla que rodea la pista y donde se encuentra la mayoría de los novatos patinadores.
Arelí López, una estudiante de 19 años que trabaja como instructora, es una de las pocas que se anima a hacer piruetas con sus patines.
«El año pasado, cuando pusieron la pista por primera vez, me moría por venir, pero había mucha gente. Cuando supe que querían instructores, pues vine, tomé un curso y aquí estoy, feliz patinando todo el día y me gano un dinero», explica.
La pista, que permanecerá del 29 de noviembre al 10 de enero, recibe a diario a más de 7.000 personas, en turnos de 45 minutos y de no más de mil patinadores por vez para mantener la seguridad.
El Zócalo, la tercera plaza central más grande del mundo, tiene espacio para más: un árbol de 50 m de alto y 20 de diámetro, una cabaña y un iglú tamaño natural, una rampa helada de 12 m de ancho por 39 de largo y un área nevada de 400 m cuadrados, donde los más pequeños hacen muñecos.
«Hay que aprovechar, quizá es la única vez que mis hermanitos puedan ver nieve porque para esquiar o patinar hay que salir de México, y no hay dinero. Y lo mejor es que todo es gratis, la rampa, la pista, hacer muñecos de nieve», comenta Nancy Lemus, de 18 años.
Sus hermanos, de siete y ocho años, son parte de los 5.000 niños que a diario van a la pista, en la que el hielo se renueva ocho veces al día.
«El mayor problema es que el hielo se derrite. No ha hecho mucho frío, pega mucho el sol y la pista por ejemplo se nos encharca y se cae la gente, y termina toda mojada, aunque muy divertida», comenta Mario, uno de los encargados de la rampa.
Los creadores de este inusual concepto de un Zócalo convertido en un paisaje helado digno de Alaska explican que su motivación es la misma que llevó a colocar playas artificiales en el verano: que los capitalinos gocen de algo que quizá jamás estará al alcance de su mano por la falta de recursos económicos.
«Muchos nos critican, pero lo que queremos es traer diversión sana para la gente, en especial a los jóvenes. Después de que en 2007 pusimos por primera vez la pista, en al menos seis ciudades del país ya pusieron también las suyas, y el año que entra serán más», dice uno de los creadores del concepto, que prefiere guardar el anonimato.
A los señalamientos del gasto energético para mantener helada la pista con una temperatura que en el día supera los 20 C, el joven asegura que trabajan con equipo ecológico de bajo consumo y que los gastos por fiestas decembrinas de la alcaldía se mantienen al mismo nivel de años anteriores.
En otro extremo del Zócalo, un grupo de «concheros» -danzantes que reviven las tradiciones aztecas vestidos con lindos plumajes y siempre rodeados de incienso ceremonial- ensayan sus bailes, ajenos al paisaje invernal.
«Para nosotros el año nuevo es en el equinoccio de primavera, cuando nace el nuevo sol, cuando la naturaleza florece y nos regala sus frutos. Esto de la pista, el árbol o los iglúes no es nuestro», resume Xóchitl, una joven danzante.