«En lugar de los valores de la vida, se prefiere el poder, el éxito y la riqueza, buscados por sí mismos».
-Sigmund Freud-
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Los males que hoy padecemos como sociedad, son el resultado de toda una historia de miedo, represión, silencio y discriminación. Sin embargo, no estamos condenados a seguir alimentando al monstruo que nos espera cada día al salir de casa; y que en algunos casos vive con nosotros allí dentro, esperando un leve descuido.
Es el monstruo de la cultura de miseria. Y para romper con esa cultura, es necesario cambiar la manera en que percibimos y conocemos a la persona humana y a su entorno.
Es una tarea difícil, sobre todo cuando el deseo desmedido de poder, riquezas, y bienestar por encima de los demás, como rutina diaria de algunas personas, han alcanzado tal magnitud que el malestar en la sociedad se convierte en una cultura de miseria y tristeza.
Ya lo afirmó Leonardo Boff, al mencionar que la miseria en la cultura se revela por medio de dos síntomas verificables en todo el mundo: la decepción generalizada en la sociedad y una profunda depresión en las personas. Ambas, son consecuencia de la crisis de amor por la que pasa la humanidad.
¿Amor? Sí, amor. Rescatar lo que significa: la conexión con el todo, el discernimiento que es la vida y no el lucro que debe ocupar el centro y la confirmación de los valores compartidos que proporcionan la unificación de fuerzas, para alcanzar la convivencia sana.
Esa cultura de miseria, miseria de amor, ha traído decepción a la sociedad y la decepción viene de la mano con la depresión. Recordemos que en las revoluciones juveniles del siglo XX, principalmente en la década de los años sesentas, se trató de negar una sociedad de represión, especialmente en todo lo concerniente a los temas sexuales. Se impuso una liberalización y se instó a experimentarlo todo. Esto llevó a la eliminación de cualquier abismo entre lo que se deseaba y su realización.
Y aquí empezó el rompimiento de todos los tabúes, el desgaste de la justa medida y la total permisividad, para hacer de la vida lo que viniera en gana. Y así nació la nueva represión: tener que estar a la moda, ser rebelde, mantener una figura deseable y sexy y mostrarse por dentro y por fuera en total desnudez. La condena más grande, el envejecer. Surgió la salud total y saltaron los modelos de belleza, todos en delgadez extrema, sin importar los problemas nutricionales que padecieran. La anorexia y la bulimia son las nuevas formas de estar en forma.
Pero con la vida no se juega, porque es sagrada y por lo tanto tiene límites, que si se violan, se corre el riesgo de caer en la depresión. Y para toda la ola de violencia sin objeto que nos rodea: una receta de decepción y frustración para consumir antidepresivos y otros fármacos, que finalmente acaban por llevar a las personas al suicidio.
¿A dónde llegaremos? No tengo la respuesta. Solamente sé que si queremos continuar, debemos cambiar. Y no todo es malo a nuestro alrededor. Ya vemos en algunas partes los brotes del amor: tener menos para ser más, la búsqueda de una vida verdaderamente feliz, más niños y niñas con acceso a la educación, miles de jóvenes abriéndose oportunidades a través del desarrollo y la puesta en práctica de sus habilidades en el Programa Presidencial de ESCUELAS ABIERTAS. Y aunque no salga en la tele, ni se publique en la prensa escrita, ni se escuche en la radio, esto sucede en Guatemala y es altamente esperanzador. En ese camino es donde debemos avanzar.