Hay una especie de malestar general por la llegada al país del eternamente polémico Alfonso Portillo. Como es fácil de suponer en un país de más de doce millones de habitantes, siempre habrá gente que lo defienda, lo excuse e incluso lo considere como héroe, frente a muchos otros (la mayoría me parece) que lo estima como villano y un delincuente de baja catadura.
Portillo molesta, según me parece, por razones que van más allá de sus actos delincuenciales (nunca demostrables en nuestro escandaloso sistema de justicia). El ex presidente representa esa iniquidad y maldad que todos conocemos y evitamos con esfuerzo, pero que siempre nuestra voluntad busca satisfacer. Es el ejemplo perfecto de la risa del malhechor que ríe de último y que no deja de encantarnos sutilmente.
Portillo es ofensivo porque su rostro y su sonrisa son una burla descarada a la justicia. Es la imagen del bufón que con su carcajada quiere ser cómico a nuestras costillas. Encarna al mercader que luego de estafarnos continúa campante en la plaza pública. Es la humillación de la razón, la lógica y el entendimiento frente a la astucia y la viveza. El ex presidente es eso que nos asusta, pero que nos seduce al mismo tiempo.
En Guatemala ha habido ladronzuelos y asaltabancos, escapistas de cuellos blancos y multicolores, pero Portillo bate todos los records. Constituye la reunión perfecta de todos los vicios y virtudes: es simpático y odioso, agradable y agrio, valiente y cobarde, astuto y estúpido. Es uno más de quienes somos nosotros. Quizá por eso nos resulte tan insoportable. Es el resplandor de lo mucho que detestamos de nosotros mismos.
Pero también, hay que admitirlo, tiene sus fans. ¿Cómo se puede entender semejante fenómeno? Es relativamente fácil: ellos han aceptado en sus psicologías frágiles que Portillo es el ideal a alcanzar y, secretamente, sueñan ser como él. No es raro, por consiguiente, que un Reyes López, un Ríos Montt y una turba poco divina se haya dado cita a ovacionar al héroe y a saludar la encarnación de aquellos que inconscientemente sueñan ser.
Ellos son los buenos (dicen y piensan en verdad), los auténticos defensores del pueblo, los mártires del sistema oligárquico, los incomprendidos, aquellos a quienes la historia los absolverá, los sacrificados y quijotes, los mejores. Y no lo dicen por razones políticas, sino por convicción. Están persuadidos que el demonio los sigue porque son buenos y pertenecen al redil, son los benditos del Padre que heredarán el Reino de los Cielos. Sólo Portillo se ríe porque esos pensamientos le parecen demasiado sublimes, light y románticos, para él sólo cuenta el hoy y lo que pueda obtener del presente.
Si Portillo nos revienta es porque nos recuerda aquello a lo que podemos descender si nos descuidamos. Porque ha triunfado en su vida y nosotros juramos que quien actúa así va hacia la perdición. í‰l resume lo que ahora sospechamos si no será falso: que es mejor la honestidad. ¿Es que Portillo no nos ha mostrado la senda por dónde caminar? ¿No estaremos perdiendo el tiempo predicando la honradez, las buenas maneras y los principios? La realidad es que el ex gobernante nos ha puesto las cosas de cabeza y nosotros, los que inútilmente parecemos batallar, odiamos la inestabilidad. Al menos por esto debería ser juzgado y pasar el resto de sus días en la cárcel.