El día de hoy comparto con los lectores la experiencia cercana que estoy viviendo desde hace algunos años atrás: el final de un proceso para realizar el viaje anhelado a los Estados Unidos de América, con la categoría de residentes permanentes, de la hija y nieto de mi esposa.
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Fue un continuo ir y venir para conseguir la documentación que sustenta hoy su estado de residentes en aquel país; pero la paciencia y la esperanza dieron su fruto cuando después de varios años de espera, los familiares que iniciaron el trámite de «petición» lograron cumplir con los requisitos requeridos.
La alegría por el triunfo administrativo y la pena por el inminente viaje de hija y nieto, hicieron cambiar la rutina conocida de la esperanza; se permeó la fortaleza, enjundia y empuje de la familia que en Guatemala alentó a quienes hoy viajan al encuentro de su destino en tierras californianas; la mezcla de satisfacción y angustia por conocer en adelantado su futuro, hizo que la unión familiar se consolidara en una permanente lluvia de consejos y enhorabuenas.
El viaje tan anhelado, se hizo realidad; valió la pena esperar el tiempo necesario para la recolección de datos y requisitos para viajar en condición legal con un estatus oficializado por el Gobierno de los Estados Unidos de América; queda para la hija y nieto de mi esposa, adaptarse a la sociedad cosmopolita de esos lares californianos y aprovechar la oportunidad que Dios les ha proporcionado.
En contraste, vemos con pena el incesante flujo de deportados guatemaltecos que regresan en condiciones psicológicas, económicas y sociales desventajosas a como estaban cuando iniciaron el viaje hacia la gran aventura de conseguir el «sueño americano»; la deportación deja secuelas imborrables, profunda tristeza y sentimientos de frustración por los tratos infamantes recibidos por las autoridades captoras. DEPORTACIí“N: «Trastorno o lesión que queda tras la curación de una enfermedad o un traumatismo, y que es consecuencia de los mismos».
Buscar un mejor futuro económico y social fuera de Guatemala, es la consigna de quienes ya no soportan vivir bajo la angustia y el temor en esta sociedad; es el grito desesperado de quienes ya no soportan la marejada de violencia criminal, común y organizada; la ausencia de trabajos dignos y bien remunerados manifestada en la conducta dominante, indolente, indiferente e insensible del sector económico patronal.
La buena suerte de Mishelle y Maikol, la tenacidad de sus familiares por conseguir el asidero legal, y la fortaleza de la esperanza y aliento de sus familiares en Guatemala, los colocan hoy en el sector privilegiado de viajar hacia un mejor futuro – esperamos que así sea – para satisfacción de quienes los queremos y estimamos. OJ ALí.-