No ha de ser fácil estar en los zapatos de Otto Pérez Molina en las actuales circunstancias por muy diversas razones. En primer lugar porque ha sentido la reacción firme de la comunidad internacional para condenar el desenlace de la protesta de los pobladores de Totonicapán, pero también porque sus aliados empresarios se apresuraron a aplaudir la forma en que se comportaron las fuerzas de seguridad para tratar a los que ahora llaman delincuentes.
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Pero sobre todo porque las investigaciones del Ministerio Público demostraron un comportamiento irresponsable de quien tenía el mando de la tropa en el lugar de los hechos y se produjo ya su captura.
Eso hubiera sido impensable hace unos años cuando el espíritu de cuerpo hacía que se “apachara cualquier clavo” para proteger a los militares que pudieran incurrir en excesos o errores. Sin duda que todavía en las filas del Ejército hay quienes resienten que Pérez Molina haya aceptado que se procedió de mala manera y que permitiera la captura de los efectivos sindicados por el hecho. Para el general Pérez Molina tiene que haber sido un trago muy amargo, después de haber dicho que soldados y policías iban desarmados y luego que los disparos fueron al aire, admitir que efectivamente los hechos ocurrieron de otra manera y que hay lugar para que se inicie un proceso penal para esclarecerlos plenamente.
Pero si queremos que Guatemala cambie y buscamos que todos los sectores puedan gozar de sus derechos, pero además cumplir con sus deberes y obligaciones, aquí hay que tomarse varios tragos amargos para romper paradigmas que nos mantienen profundamente divididos y al borde de la ingobernabilidad.
Paradigmas que hemos venido alimentando en uno y otro sector a lo largo de por lo menos los últimos cinco siglos en los que no hemos sido capaces de tender puentes de auténtico entendimiento, comprensión y acuerdo para avanzar en los intereses comunes y con objetivos claros.
No faltarán los que critiquen el proceso iniciado penalmente por este caso y de hecho ya escuchamos a los empresarios que piden que también se castigue a los “delincuentes” que bloquearon carreteras inventando, inclusive, mentiras como la de una mujer que murió porque no pudo pasar la ambulancia que la transportaba. Tampoco faltan los que critican a Pérez Molina por no haber defendido a capa y espada a los militares involucrados en el caso, pero la verdad es que debe reconocerse que si el jueves de la semana anterior como país dimos un enorme paso en retroceso, ayer, una semana después, dimos un paso también enorme hacia adelante para privilegiar el imperio de la ley y el respeto a los derechos humanos.
Nadie puede suponer que entendernos entre los guatemaltecos será de soplar y hacer botellas porque tenemos muchos siglos de aferrarnos a posiciones que nos distancian en vez de identificarnos. Nos va a costar, y mucho, avanzar para que el diálogo sea un instrumento en la articulación de los grandes acuerdos que nos hacen falta y creo que justamente la actitud del Presidente abre la puerta a empezar a transitar por una senda diferente. La izquierda no va a reconocer cuán difícil tiene que haber sido para Pérez Molina esta situación y creo que hoy por hoy igual será criticado desde los dos flancos. Pero se está abriendo una oportunidad a la que debemos aferrarnos, para salir de ese atolladero causado por el pantano de ideologías extremas confrontadas violentamente desde 1954 hasta nuestros días y que no logramos superar de ninguna manera.
Creo que hay más gente interesada en resolver las cosas que en complicarlas, pero muchos guardan silencio y esperan mientras que los extremistas gritan, declaran, exigen. Ojalá que la mayoría no extremista entienda la oportunidad que se presenta y la sepa aprovechar.