Así se titula una de las «Urnas del Tiempo» de mi señor padre, el insigne literato León Aguilera, la cual escribió en la época de la Cuaresma del año 1965. En ella hace mención del filósofo Cayo Suetonio Tranquilo, quien posiblemente nació en Roma hacia el año 69 de la Era Cristiana. Algunas de las obras de Suetonio se perdieron, pero con fortuna se conservaron «Vida de los doce césares» y «De los varones ilustres». León Aguilera inspirado en uno de estos documentos, escribió el artículo «Un tal Krestus». De esta notable Urna del Tiempo transcribo para ustedes lo siguiente: «En Suetonio se lee, al referirse al tiempo del César Augusto que llegaban noticias del ajusticiamiento en Judeo de un tal Krestus, por andar insubordinando al pueblo lo cual había obligado a los jerarcas de Jerusalén a crucificarle. Y nada más. Se trataba para los romanos de algún líder del populacho, que había merecido la pena capital. ¿Cuántos años han pasado desde que el tal Krestus fue mencionado por el famoso historiador de los Doce Césares? Dos mil años y Krestus ha permanecido más que ambos imperios romanos, más que muchos imperios. En veinte siglos gobierna, si no lo terrenal, sí, y con cuanta intensidad de fieles, lo espiritual. Más adelante Suetonio mismo se refiere a las nuevas supersticiones introducidas por los judíos llamados cristianos y que eran reprimidos imperialmente en la época de Domiciano. El irrespeto a sus deidades, el desenfreno de las costumbres, la ineptitud y corrupción de la mayor parte de los césares, la extensión enorme del imperio, casi inmanejable ya desde la centralización de Roma, la admisión de tropas y jefes bárbaros en las legiones y aún en el gobierno de las provincias y misma Roma, fueron determinando la decadencia, la lenta disolución del Imperio. En vano hombres del temple de un Cicerón, de un Séneca, de un Horacio, de un Juvenal, de filósofos y estoicos lucharon contra Roma que dejaba sus tradiciones heroicas y patricias para irse barbarizando. El romano prefería sus vicios, sus crueldades, sus molicies, su vida suntuosa, su vida de amantes y de homosexualismo, a rendir los servicios duros y valientes de la legión, esa legión que con sus águilas había ofrendado las máximas victorias al romano en todo el mundo conocido de entonces. Roma estaba en su apogeo de poder y de derroche de riquezas cuando en un minúsculo proconsulado del Oriente apareció el tal Krestus soliviantando al bajo pueblo, predicando una superstición extraña de amor, de piedad, de abandono de los bienes materiales por otros que colocaba en los cielos, es decir lo opuesto a cuanto era amable al romano sensual, brutal, condicioso y conquistador. ¿Quién iba a pensar que cuando ya no quedaba más de aquella grandeza sino el clamor histórico, entonces Krestus sería erigido en nueve religión y sobre las ruinas de los templos de Júpiter, Marte o Minerva, se levantarían los de Cristianismo?. .. El tal Krestus se introduce en Roma con pie firme, y en la suntuosa decadencia, la piedad al débil y el amor al pueblo se infiltra desde las catacumbas a los palacios, y no es que el cristianismo minara el poderío romano, sino lo tranformara en otro más luminoso en el «Amos los unos a los otros», sentencia que entremeció humanamente por llegar hasta el mismo corazón a tantos oprimidos por el imperialismo o la barbarie. Y ahora el tal Krestus está allí en sus altares, y mejor en el corazón de cuantos tienen fe en í‰l, pues es Cristo, a quien en el latín de entonces se mal pronunciaba. A través de dos mil años Roma se aureola en el Vaticano y la ciudad del canto secular de Horacio se ha convertido como en una Jerusalén mística de los creyentes.