Escribir tres artículos semanales en La Hora y contar con el servicio del correo electrónico me ha deparado muchas satisfacciones, especialmente en lo que concierne a conocer en la distancia a personas de diferentes edades, creencias religiosas distintas, variadas tendencias ideológicas y residentes en países y ciudades lejanas o cercanas.
Hace unos dos años, quizá, recibí el primer mensaje de un joven universitario de Quetzaltenango, con quien inicie amena amistad cibernética. Un año después vino a visitarme a la casa donde vivo. Me asombró su juventud, por dos razones. Una de ellas, que estaba por terminar sus estudios de Derecho, y, la otra, por su madurez, pese a sus 21 años de edad. Traía consigo el borrador de un libro didáctico, una especie de vocabulario para redactar apropiadamente. Luego, se lo editaron.
Posteriormente me escribió con el fin de pedirme consejos acerca de lo que debía hacer para rescatar a un anciano indigente y enfermo. Logró su cometido al haber ubicado a familiares suyos, en Mazatenango. Entre tanto, yo lo estimulaba en sus estudios y él me ponía al tanto.
Hace dos meses recibí un correo específico. Pedía mi colaboración económica para financiar un agasajo a un grupo de niñas y niños de uno de los centros asistenciales infantiles en los que participa voluntariamente como tutor o maestro, no obstante que no es miembro de una familia acomodada, sino hijo de madre soltera, y se ganó la vida, mientras estudiaba, como vendedor ambulante de medicinas y vitaminas, inicialmente, y después como profesor de inglés.
Intrigado por sus afanes, le pregunté la naturaleza de su actividad, y fue así como supe que, al estar preparándose para sus exámenes privados, tuvo la intención de alfabetizar a reclusos de la Granja Penal de aquel departamento; pero como encaró muchos tropiezos, a sugerencia de una bibliotecaria decidió contribuir con el hogar La Divina Providencia, donde atienden a niñas de entre 8 y 15 años. La mayoría de estas chicas están internadas por resoluciones judiciales, a causa de problemas que han afrontado de violencia intrafamiliar, y abuso infantil de naturaleza física, psicológica y sexual.
En ese centro, el joven universitario reforzaba a las niñas en sus clases regulares y en la Navidad del año anterior les organizó un festejo, pidiendo dinero a amigos y conocidos. Actualmente, realiza su labor de voluntariado en el Hogar Temporal Quetzaltenango, de la Secretaría de Bienestar Social, al cual asisten 90 niñas y niños, también remitidos por orden judicial.
Pero el muchacho que dentro de poco se convertirá en abogado y notario, estima que lo que hace es muy superficial, de manera que está proyectando la creación de otro hogar temporal para niñas y niños, totalmente a su cargo, porque en los centros donde colabora afronta algunos obstáculos de carácter burocrático; y desea establecer una fundación de ayuda a familias pobres y a madres solteras.
Al terminar sus estudios de secundaria pretendió seguir la carrera de Medicina, pero por falta de recursos económicos no lo hizo, y entonces optó por estudiar Ciencias Jurídicas. Considera que al ejercer su profesión tendrá más posibilidad de ayudar a sus semejantes que han tenido menos oportunidades que él, que fueron pocas, pero bien aprovechadas.
Espero estar en la graduación de Jorge Alberto Granados Mancio, tal el nombre completo de Jorge Mancio, el protagonista de esta breve historia.
(El filántropo Romualdo cita a Víctor Hugo: En los ojos del joven arde la llama. En los ojos del viejo brilla la luz).