Sin maletas que registrar ni regalos navideños para sus familias, decenas de salvadoreños deportados de Estados Unidos abordaron ayer un avión fletado por el Servicio de Inmigración y Aduanas, tristes y frustrados por no haber alcanzado el ansiado «sueño americano».



La jornada de repatriación se inició a las cuatro de la mañana en el centro de detención de Willacy, en la ciudad texana de Raymondville, cuando los agentes de seguridad ordenaron levantarse a los 116 salvadoreños que iban a ser deportados, de ellos 83 hombres y 33 mujeres.
Coordinó la operación la directora del reclusorio, Diana Pérez, junto a más de una veintena de agentes de seguridad, entre hombres y mujeres.
Uno a uno los hombres y mujeres abandonaron para siempre los catres grises y colchones verdes para dirigirse a las mesas con sillas para cuatro personas ubicadas en un extremo del mismo dormitorio, donde recibieron un desayuno que consistió en dos huevos, melocotón, un pan y dos galletas.
Los restantes 1.300 detenidos de Willacy siguieron durmiendo en el interior de sus pabellones y no se enteraron del intenso operativo de traslado.
Bajo un cielo con niebla y un poco de lluvia, las primeras en abordar el autobús -previo registro- fueron las mujeres. Después los hombres pasaron por el mismo procedimiento hasta llenar tres autobuses que luego se dirigieron al aeropuerto de la ciudad texana de Harlengen.
Los repatriados salieron sin equipaje y los agentes les colocaron únicamente en cinco bolsas plásticas sus escasas pertenencias, que se limitaban a dos o tres prendas de vestir.
Al llegar a una apartada pista del aeropuerto, las mujeres en completo silencio bajaron de los autobuses para ser sometidas a un nuevo registro minucioso en el que los agentes les pidieron en primera instancia abrir la boca, y luego les revisaron el cabello y el resto del cuerpo.
Con una custodia de cerca de una veintena de agentes en su interior, el avión emprendió vuelo hacia las 10h35 de la mañana.
Entre los deportados se encontraba Oscar Ordóñez, de 57 años, quien a pesar que vivió 20 años en Estados Unidos afrontó su cuarta deportación, lo que considera un «injusto trato».
De inmediato, el oficial de deportaciones Jorge Rodríguez lo desmintió y dijo que él era un residente «condicional», por cuanto no permaneció casado durante dos años como lo establece la ley.
Otro de los repatriados era Wilber Martínez, de 20 años, que con solo 50 dólares emprendió junto a otros tres amigos la aventura de llegar por tierra a Estados Unidos.
«Ya habíamos cruzado el río Bravo, un señor caritativo nos trasladaba en su vehículo cuando la Patrulla de Frontera de Estados Unidos nos detuvo en Yuma. No volveré a irme», declaró a la AFP Martínez.
Otro de los deportados que mostraba su tristeza fue Nahum López, un pintor de automóviles que para superar los 50 dólares que ganaba a la semana en El Salvador pidió prestados 1.500 dólares para emprender el viaje.
«Viajé a Estados Unidos porque tenía una deuda de 2.000 dólares y quería pagarla, pero ahora esa deuda se me incrementó a 3.500. No volveré a viajar», confesó López.
Después de poco más de tres horas de vuelo, el piloto de la aeronave anunció que pronto aterrizaría en el aeropuerto internacional El Salvador y pidió colocarse los cinturones, en medio de tímidos aplausos de los pasajeros.
Una vez en tierra el avión se detuvo al costado de la terminal y los deportados fueron recibidos por personal del programa «Bienvenido a Casa», que les proporcionaron dos «pupusas» (plato típico salvadoreño) y una bebida.