Un poco de historia (I parte)


Puedo decir, con sinceridad y sin temor a equivocarme, que es un verdadero privilegio contar con una audiencia tan especial. Una audiencia que reúne hombres y mujeres acostumbrados al estudio, a la investigación y al análisis. Hombres y mujeres para quienes los hechos históricos, como el que aquí­ se presenta a través de la obra del coronel Ponce Nich, no representa un hecho aislado, sino el resultado de un proceso que cuenta entre sus eslabones, hechos que al final de cuentas van a desembocar en uno en particular, el cual se estudia.

Carlos E. Wer

La batalla del 2 de agosto tiene pues diferentes ángulos sobre los cuales construir, no solamente su génesis, formado por hechos tanto nacionales como internacionales. Ese es el objetivo pues de mi participación en este acto. Trataremos de no viajar más allá de lo conveniente en el espacio-tiempo e ir extrayendo únicamente aquellos elementos que nos serán útiles para descubrir las verdaderas causas que provocan la acción de los Caballeros Cadetes, inconscientes de la enorme importancia, trascendencia y la motivación que los lleva al campo de batalla.

Todas las guerras, los enfrentamientos y las intervenciones poseen como trasfondo el contenido de intereses económicos. La intervención extranjera a Guatemala no es la excepción y más allá de la «recubierta» utilizada para justificarla, al poder remover de ella, a través de la investigación, iremos encontrando los hilos conductores de las verdaderas respuestas acerca de las piezas y las intenciones utilizadas para impulsarlas.

1776, representa un hito en la historia mundial, por primera vez se produce un movimiento que con principios y fundamentos filosóficos basados en el pensamiento de Godofredo Leibnitz, el cardenal Mazzarino y el cardenal Nicolas de Cusa, lograron, luego de los intentos de plasmarlo en la propia Europa de Enrique VII de Inglaterra y Carlos XI de Francia, fundar en el continente americano, la primera república perfectamente soberana. De esos principios, nace el Preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de América que reza: «Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la Defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la Libertad, estatuimos y sancionamos esta Constitución para los Estados Unidos de América.», mismo que fuera prácticamente copiado por todas las futuras repúblicas de América.

A partir de ese momento y como parte de la estructura jurí­dica económica del nuevo estado, Alejandro Hamilton y Henry Carey, crearon el Sistema de Economí­a Americano, lo que los distanció marcadamente del Sistema de Libre Comercio británico que inspirado en «La riqueza de las Naciones» de Adam Smith, quien empleado por la Compañí­a de las Indias Orientales, trasmití­a el sistema económico por medio del cual el imperio viví­a del saqueo de los recursos naturales de sus súbditos.

Ese ha sido y es, aun hasta estos dí­as el conflicto en el que se enfrentan naciones industrializadas y naciones tercermundistas.

A pesar de que la Gran Bretaña financiara el movimiento nazi alemán y permitiera el ascenso polí­tico de Adolf Hitler, con la esperanza de que este atacara a Rusia y poder así­ deshacerse de dos competidores por el poder en Europa, el ejército alemán, dirigió sus baterí­as hacia su protectora, obligándola a recurrir a los Estados Unidos en busca de auxilio. En este paí­s un estadista demócrata Franklin D. Roosevelt habí­a logrado sacar a su paí­s de la profunda depresión de 1929-1933, utilizando para ello las prácticas económicas proteccionistas del Sistema Americano. El resultado: Estados Unidos se convertí­a en una potencia industrial de primer orden.

Roosevelt accede a apoyar a la Gran Bretaña, no sin antes advertir al Primer Ministro inglés, que el poderí­o de Estados Unidos servirí­a para, al finalizar la guerra terminar con todo colonialismo. Mismo que lograra al presionar para que, a la firma de la «Carta del Atlántico», se incluyera el derecho de los paí­ses a escoger su propio sistema de gobierno.

Las prevenciones de Roosevelt convencieron a Churchill de que este era una amenaza para el imperio británico. La diplomacia e inteligencia británica, a sabiendas de que Roosevelt, enfermo no podrí­a terminar su cuarto perí­odo, apoyaron y financiaron a un polí­tico pro británico para el cargo de Vicepresidente de los Estados Unidos. De esta manera, evitaron el ascenso del actual vicepresidente Wallace, quien continuarí­a con la labor de Roosevelt. Al morir el presidente Truman se convirtió en el 33 Presidente de los Estados Unidos.