Cualquier pais del mundo en el que sus principales autoridades de seguridad pública terminan en la cárcel tiene que sentirse con la moral baja porque si quienes tienen que dar la cara en la lucha contra el crimen están comprometidos, qué se puede esperar. Pueden darse, en cualquier lugar del mundo, casos aislados de malos elementos en la fuerza pública y lo hemos visto aun en los países más desarrollados, pero el nivel de contaminación existente en nuestro medio es descomunal.
Lo único que puede servir de mediano consuelo es que si antes toda esa gente simplemente se iba a su casa luego de cometer sus fechorías, ahora por lo menos existen instancias que investigan y logran las pruebas necesarias para proceder legalmente contra quienes traicionan a la población porque vistiendo uniforme de policías, están realmente actuando al servicio de las estructuras criminales. Lo que sí queda evidenciado es que el reto de la lucha contra la impunidad es descomunal y seguramente rebasa las más optimistas previsiones. Puede ser que los malos en el país sean una minoría, como dijo el jefe de la CICIG la semana pasada, pero indudablemente que están bien organizados y son mucho más eficaces que los millones de buenos que nos refugiamos en el pesimismo, en la indiferencia y en la vana esperanza de que la ola no nos va a alcanzar. No se pinta fácil el futuro del país, porque además de la indiferencia de la población, existe falta de voluntad política para actuar y hay cooptación de las instituciones nacionales por el crimen organizado que cuenta con poderosos aliados en todos los segmentos de la sociedad, incluyendo el sector privado, el sector político, el sector social y la misma prensa. Pero la única vía para romper ese círculo vicioso tan enraizado y arraigado está en la actitud de la población, puesto que nada facilita tanto las cosas a los criminales que esa actitud del guatemalteco de hacerse a un lado, de voltear la vista a otra parte con tal de no asumir compromisos ni de trabajar a favor de la construcción de un nuevo país. Cada cuatro años se vive la ilusión de cambios poniendo la esperanza en los políticos sin entender que éstos, para llegar a donde llegan, le venden el alma al diablo y se comprometen con sus financistas que pueden ser empresarios con oscuros intereses o criminales con tenebrosas intenciones. Eso forma parte del mismo círculo vicioso y el resultado de todo eso tiene que ser la desmoralización que nos puede abatir, pero que también puede y debe ser el acicate para entender que esta Guatemala no es la patria que ansiamos.