Volviendo a Nixon, el último error que lo terminó de hundir en Vietnam fue la confrontación dentro de su propio país. Los enfrentamientos que se vieron en los noticieros de la CBS horrorizaron a la nación, los estudiantes de la Universidad de Kent muertos en el Campus Universitario por la Guardia Nacional cuando demostraban su oposición a la Guerra. Por otra parte los cementerios, los jardines de piedra con sus largas hileras de cruces blancas a donde llegaban a su último descanso los jóvenes que regresaban en bolsas de plástico -murieron más de 150 mil soldados norteamericanos en Vietnam- llenando los aviones de transporte C-130.
La de Vietnam fue una guerra impopular y mal conducida en donde se desangró la juventud de aquella época, muchos jóvenes entregaron su vida en lo que hoy sabemos fue el escenario mas importante de la Guerra Fría en donde o se ganaba o se perdía, el adversario la Unión Soviética y la China de Mao jugaban al control del mundo y apostaban todo sobre la mesa.
La Guerra de Vietnam desde la salida de los franceses duró más de diez años, además de los años en que se había estado en Guerra con Francia desde finales de la II Guerra Mundial. No hay guerras buenas ni malas, los motivos quizá hacen pensar que algunas están más cerca de parecer inevitables. El inicio de los años de Vietnam los tengo presentes, en esos años pasaron tantas cosas que cambiaron el mundo, el asesinato de John Kennedy en Dallas, luego el de Martin Luther King en Memphis, Tennessee y el de Robert Kennedy en un hotel de San Francisco cuando se iba a convertir en Presidente.
Todas esas tragedias acompañadas por la música de los Beatles que revolucionaron al mundo y la de Bob Dillan en el encuentro de Woodstock. Recuerdo las marchas por la paz en Washington cuando las muchachas hippies ponían una flor en el cañón de los fusiles de los soldados. Acá en el terruño la matanza y el genocidio fue en una guerra propia que iba a durar más de tres décadas sin que tanto sufrimiento consiguiera casi nada, al final casi todo lo malo siguió igual, pienso que fuimos una especie de generación sin esperanza que me recuerda aquello que dice el Eclesiastés: «Una generación se va y otra viene y la tierra es siempre la misma».
El monumento a los Caídos en Vietnam en el centro de Washington siempre me conmueve al visitarlo, no conozco su equivalente en Saigón, pero me han hablado de él. En una ocasión encontré a una vieja muy vieja con ropas sencillas, que por sus características era una madre latina, estaba conversando frente a un nombre escrito en la pared del monumento y lo tocaba con la punta de los dedos, era el Sargento López muerto, quién sabe en qué recóndita colina de Vietnam, por defender a la tierra que lo había recibido. Me recordó a los indígenas del altiplano el día de difuntos tocando una tumba y hablando con sus muertos. Por eso encuentro ingrato que se menosprecie a los hermanos de raza que cruzan el Río Grande hacia aquella tierra que según su criterio es la tierra de Promisión.
Otra vez estuve con un Coronel de las fuerzas especiales con raíces latinoamericanas quien con emoción me señaló el nombre de un compañero también de origen hispano y me dijo: por él estoy vivo y sigo aquí, no me dejó morir en Hamburguer Hill, una colina que no sabíamos en realidad porqué la estábamos defendiendo. También uno de mis hijos en sus andanzas por la vida compartió cuarto en Colorado con un veterano del Vietnam al que le faltaba una pierna y todavía se vestía con traje de camuflaje, había sido un franco tirador y como él mismo decía, debía muchas vidas.
El pobre hombre estaba desquiciado con muy poco dinero y a veces cazaba algún ganso de los que bajaban al parque del centro de la Ciudad e intentaba cocinarlo ahí mismo. Paraba a la gente en la calle y les decía: «para que puedas tener lo que tienes yo tuve que matar y dejar allá una parte de mi cuerpo, así que estás en deuda conmigo», mi hijo ya no supo de él, eso fue hace casi veinticinco años.
Para terminar, la guerra deja una huella terrible y cuando se ha visto de cerca en cualquier tiempo y lugar ya nada vuelve a ser igual. Como dice el poeta, «la muerte de todo hombre nos disminuye porque somos parte de la humanidad».