Un migrante de acción


En septiembre termina el perí­odo para la reforma migratoira en Estados Unidos, por ello es urgente hacer algo al respecto señaló Garcí­a en la entrevista.

Juan Garcí­a es un migrante guatemalteco que vive en Rhode Island. Llegó a ese paí­s hace más de 30 años. Por la experiencia que ha ganado, sobre todo en el tema migratorio, se ha convertido en asesor de indocumentados, y ha estado pendiente del proceso de la Reforma Migratoria.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Hace algunos dí­as estuvo en Guatemala para dar la voz de alerta de que el Gobierno de Guatemala debe ya presentar una propuesta para la Reforma Migratoria, en Estados Unidos.

Juan Garcí­a acudió al Congreso de Guatemala en una reunión con el canciller guatemalteco, Haroldo Rodas, y frente a todos alertó sobre que ya se acerca la fecha lí­mite para que Guatemala plantee sus expectativas y propuestas para la reforma migratoria.

Este migrante dijo que las autoridades del Consejo Nacional del Migrante de Guatemala (Conamigua) no han estado atentos de esto, porque no se reúnen con los senadores estadounidenses, que son cabalmente las acciones que ahora están pidiendo en Estados Unidos para que pase la Reforma Migratoria.

«Eso es urgente… este año es urgentí­simo; en septiembre termina el perí­odo en el Congreso (de los Estados Unidos). Antes de julio debe haber entrado un proyecto de reforma migratoria para trabajarlo en agosto y septiembre para que pueda ser aprobado en enero y febrero que hay una firma del presidente (Barack Obama)», explicó Garcí­a ante las autoridades del paí­s.

¿QUIí‰N ES JUAN GARCíA?

El nombre de Juan Garcí­a ya es muy conocido entre los migrantes guatemaltecos, sobre todo en Rhode Island. Sin embargo, poco conocemos de su vida, de cómo llegó a Estados Unidos, y por qué se fue del paí­s.

Juan Garcí­a, con sus 56 años, ahora es un hombre dedicado a la causa. Su teléfono celular jamás deja de sonar. O bien, es un hombre ocupado, ya sea porque esté en reuniones, o esté atendiendo a los inmigrantes de Rhode Island, que lo solicitan para que los ayude en todo tipo de trámites, desde pagar el alquiler hasta enfrentar una detención con los agentes de Migración.

Garcí­a llegó a Estados Unidos en 1977, en el baúl de un automóvil. Se fue de Guatemala huyendo de la violencia del conflicto armado interno.

Ahora, después de más de 30 años, Juan Garcí­a trabaja codo a codo con los migrantes, sobre todo indocumentados. Desde que el gobernador de Rhode Island, Don Carcieri, endureció las leyes tendientes a combatir los indocumentados hace varios meses, ha tenido que duplicar sus esfuerzos.

Ha pasado a ser el intermediario obligado para los inmigrantes que no quieren colaborar con la policí­a o las dependencias del gobierno por temor a la deportación, propia o algún familiar.

«Esto no es un trabajo. Es una misión. Trabajo los siete dí­as de la semana porque así­ lo siento», admitió Garcí­a, para hacer ver la importancia que le da a su trabajo.

TRABAJO

Garcí­a trabaja con el Comité de Acción sobre los Inmigrantes, una organización que tiene 550 afiliados; es uno de los lí­deres de la campaña para resistir la orden del gobernador estatal, Carcieri, que ocurrió hace más de un año.

El Gobernador dispuso que la policí­a estatal y los funcionarios carcelarios comprueben si una persona está ilegalmente en el paí­s e inicien los trámites para su deportación. También ordenó que las dependencias gubernamentales y sus contratistas usen un banco de datos federal para determinar el status legal de sus empleados.

El chapí­n se ha opuesto a esa orden, porque ha dado lugar a que se discrimine a todos los migrantes, y no sólo a los indocumentados. Garcí­a ha argumentado que la migración sin documentos no es un delito, por lo que deberí­a ser considerada una violación a las leyes civiles, pero que jamás deberí­a considerarse como un delito grave.

HOMBRE DE RESPETO

La fuerte defensa que Juan Garcí­a para los migrantes, le ha otorgado algunos opositores. Sin embargo, éstos dicen que lo respetan por su consistencia. Por ejemplo, Terry Gorman, fundador de Rhode Island por el Cumplimiento de las Leyes de Inmigración, está a favor de las leyes antimigrantes, pero, a pesar de ello, respeta a Juan.

«Lo respeto porque lucha por sus convicciones, por más que yo no coincida en nada con él», declaró Gorman.

ACTIVO

Garcí­a es un invitado frecuente a un programa radial sabatino en español y aprovecha el micrófono para dar la dirección de personas que están en la mira de los agentes del servicio de inmigración, para que la gente vaya y les brinde apoyo. Ha encabezado manifestaciones e invitado a que funcionarios de los departamentos de Policí­a se reúnan con agrupaciones de inmigrantes, les expliquen su trabajo y despejen temores.

Además, asesora a los inmigrantes recién llegados. Les informa que deben tener una licencia de conducir si quieren comprar un auto, que no pueden caminar por la calle con una botella de cerveza abierta ni escuchar música a todo volumen por la noche.

«Mucha gente que viene de pueblos pequeños no sigue las normas porque está acostumbrada a vivir sin ellas», expresó.

UN CASO

Garcí­a está «totalmente comprometido con la gente que lo llama», aseguró Rachel Miller, directora de la agrupación Trabajos con Justicia en Rhode Island.

El caso de José Genao es un buen ejemplo. Cuando Genao y un amigo comenzaron a hablar en español en una ferreterí­a, en marzo del año pasado, el dueño del negocio David Richardson les pidió sus números de Seguridad Social para comprobar que no eran indocumentados.

Genao, quien es ciudadano estadounidense y habla bien inglés, dijo que querí­a hacer algo, pero no sabí­a cómo, según Garcí­a. El guatemalteco generó publicidad sobre el caso y orientó a Genao para que plantease quejas ante organismos oficiales y agencia defensoras de los derechos humanos, los cuales determinaron que Richardson probablemente violó normas para combatir la discriminación.

Richardson se disculpó y le dio 500 dólares a Genao, quien los distribuyó entre organizaciones que lo habí­an ayudado, incluida la de Garcí­a.

HOMBRE COMPROMETIDO

Garcí­a dice que ha sido una persona comprometida desde pequeño. Cuando tení­a 10 años, él y otros niños le tiraba piedras a soldados del gobierno que irrumpí­an en su pueblo para matar estudiantes durante la guerra civil.

Garcí­a vino a Estados Unidos en 1977 «sin documentos, sin nada», según dice, y se radicó en San Antonio, donde se casó con una mexicana y tuvo dos hijos.

Comenzó a interesarse en la polí­tica migratoria tras la muerte de su padre en Guatemala en 1988. Dice que en esa época se sentí­a desgarrado por el temor de no poder volver a entrar el paí­s si iba a visitar a su padre en su lecho de enfermo.

Hoy es un residente legal.

Garcí­a se divorció y se trasladó a Rhode Island, donde tení­a dos hermanos que casi ni conocí­a. Consiguió trabajo como soldador en Pawtucket.

Su cara conserva las cicatrices de un ataque brutal que le devolvió la fe religiosa y consolidó su compromiso con los demás. En 1992 fue agredido por asaltantes que le dieron decenas de puñaladas y lo dejaron al borde de la muerte.

«Sentí­ odio por la gente que me habí­a hecho eso. Pero no querí­a odiar a nadie», comentó.

Sediento de paz espiritual, se presentó en la iglesia Santa Teresa de ívila, cerca de su residencia. Comenzó a frecuentar la iglesia y a trabajar con la agrupación Inmigrantes en Acción, que funcionaba allí­.

Tiene una oficina modesta, con un reloj de pared roto, sillas con cojines de vinilo desgarrado y una foto de la Madre Teresa.

Disfruta ayudando a los inmigrantes, pero dice que hay un lí­mite a lo que puede hacer una persona.

«Todos los dí­as pasa lo mismo. La gente cree que tengo una varita mágica y puedo resolverlo todo. Pero no es así­», concluyó.