En una sociedad democrática, representativa, no deben existir emperadores o reyes absolutos, ni puede tolerarse dictadores.
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En el sistema político guatemalteco, previo a la actual Constitución, existía de forma decorativa la figura del Vicepresidente de la República. A partir de 1986, nuestra Carta Magna contempla, como parte de la fórmula presidencial, un Presidente y un Vicepresidente. Este último dejó de ser un puesto simbólico, tiene funciones constitucionales, destacando la de ser coordinador de la administración pública, coadyuvar en la política internacional, presidir y por supuesto sustituir al Presidente de la República temporal o definitivamente; cuando lo hace, asume en el carácter de Presidente en funciones, razón por la cual, al momento de despegar el avión que conduce al Jefe de Estado al extranjero, el Congreso de la República -a través de su presidente y un secretario- lo juramentan con plenos poderes y ofician a la administración pública para que no exista desconocimiento que justifique no respetar y acatar sus disposiciones como mandatario en funciones. He ahí la importancia del binomio.
El Presidente no puede, ni debe gobernar sólo, por ello es que cualquier disposición, acuerdo gubernativo o normas similares tiene que suscribirlas auxiliado por un Ministro y con la firma del Secretario General. Crear figuras distintas a la de los ministros y a la de los secretarios de la Presidencia contradice y vulnera la Constitución, aquellos a los que en este gobierno se les ha dado el nombramiento de Comisionados Presidenciales, son una figura ilegal, inconstitucional que curiosamente nadie ha impugnado y la Corte de Constitucionalidad, así como el Ministerio Público, improcedentemente han consentido.
«Los leños» con los que debe de aunar esfuerzos el Presidente son el Vicepresidente, los Ministros y los secretarios, esa es la norma. En el pasado se ha dado conflictos, incompatibilidades entre el Presidente y Vicepresidente, algunas han sido evidentes y públicas, otras no. La forma en que las mismas se han manejado, aceptado o resuelto ha dependido de la personalidad de los integrantes del binomio presidencial, por eso es tan importante, no solo analizar al candidato presidencial sino a su compañero de fórmula.
Independientemente de lo formal, existe otro ser, otra persona, sumamente trascendental, reconocida y respetada en todas las sociedades, por poco desarrolladas que las mismas sean: la esposa, el cónyuge o consorte del Presidente de la República, denominada popularmente «la primera dama». Es la persona que mediante el matrimonio se convierte en esa importante y significativa figura a la que puede llamarse la media naranja, el complemento, el leño que debe mantener vivo el fuego del hogar.
¿Quién influirá más en el ánimo, en la opinión o decisión del Presidente? El Vicepresidente, su esposa legítima, un Ministro determinado, el Secretario General o adjunto del partido u otra figura como lo fuera en el pasado el Jefe de Estado Mayor Presidencial. La influencia depende de la forma de ser, de la educación, del ambiente en que ha crecido y desarrollado su personalidad el Presidente, también de la forma y concepción de «ese otro leño».
El tema es de la mayor trascendencia e importancia, por ello trataré de analizar en próximas opiniones a cada uno de los binomios, cada una de las cónyuges e inclusive al factor adicional que implica el partido y/o las figuras que rodean al Presidente una vez esté electo.