UN JUICIO MUY SABIO


César Guzmán
cesarguzman@yahoo.com

Un chico tení­a un hijo muy joven y un sirviente de la misma edad que siempre acompañaba a éste. El muchacho pidió al padre u consentimiento para recorrer el mundo, lo cual le fue concedido con la condición que el sirviente lo acompañase a donde quiera que fuese.

Pasaron varios años y un dí­a el pueblo se vio atacado por una maligna peste que hizo morir a mucha gente, incluyendo al padre del joven viajero.

Aprovechando esta circunstancia, el sirviente regresó al pueblo y trató de hacerse pasar por el hijo de su patrón con el fin de heredar sus propiedades. Sabedor de la osadí­a de su criado, el joven decidió regresar para reclamar sus legí­timos derechos pero como casi toda la gente que les conocí­a habí­a muerto, no habí­a forma de identificar al verdadero hijo del fallecido. Llevaron el caso ante el juez, quien después de escuchar a ambos y a los testigos que presentaron, se encontraba tan confundido que para poder llegar a un fallo justo dispuso valerse de un viejo ardid.

Puso a los dos pretendientes de rodillas frente a un madero con dos agujeros por donde cada uno de ellos sacarí­a la cabeza. El juez examinarí­a todos los documentos producidos durante el juicio y cuando llegara a una conclusión darí­a orden al verdugo para que cortara la cabeza del mentiroso. Después de un rato de suspenso tronó por fin la voz del juez:

-¡Ya lo tengo! ¡Corta la cabeza del farsante!

El sirviente retiró la cabeza inmediatamente.

Humillante es la posición del embustero que se delata a sí­ mismo.