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Un chico tenía un hijo muy joven y un sirviente de la misma edad que siempre acompañaba a éste. El muchacho pidió al padre u consentimiento para recorrer el mundo, lo cual le fue concedido con la condición que el sirviente lo acompañase a donde quiera que fuese.
Pasaron varios años y un día el pueblo se vio atacado por una maligna peste que hizo morir a mucha gente, incluyendo al padre del joven viajero.
Aprovechando esta circunstancia, el sirviente regresó al pueblo y trató de hacerse pasar por el hijo de su patrón con el fin de heredar sus propiedades. Sabedor de la osadía de su criado, el joven decidió regresar para reclamar sus legítimos derechos pero como casi toda la gente que les conocía había muerto, no había forma de identificar al verdadero hijo del fallecido. Llevaron el caso ante el juez, quien después de escuchar a ambos y a los testigos que presentaron, se encontraba tan confundido que para poder llegar a un fallo justo dispuso valerse de un viejo ardid.
Puso a los dos pretendientes de rodillas frente a un madero con dos agujeros por donde cada uno de ellos sacaría la cabeza. El juez examinaría todos los documentos producidos durante el juicio y cuando llegara a una conclusión daría orden al verdugo para que cortara la cabeza del mentiroso. Después de un rato de suspenso tronó por fin la voz del juez:
-¡Ya lo tengo! ¡Corta la cabeza del farsante!
El sirviente retiró la cabeza inmediatamente.
Humillante es la posición del embustero que se delata a sí mismo.