Un domingo por la mañana en la Alameda Central


Cada paí­s, cada ciudad, pueblo o localidad que se visita tiene su color, fisonomí­a y olor, su historia, leyendas y tradiciones. De los paí­ses en donde he estado, me es más fácil encontrar sus peculiaridades, identidad e idiosincrasia y no soy de los que pierde el tiempo tratando de encontrar lo que le pueda sobrar a uno y faltar a otro. Cada pueblo es responsable y dueño de su propia belleza y calidez, su estado y situación, sus problemas y soluciones.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

Después de la firma de la paz y cuando voy de visita a México, si algo disfruto a lo grande y a mis anchas es salir de paseo y caminar y caminar.

Acompañando a Ana Marí­a, a Espartaco, a Lupita y a nuestro nieto, José Miguel, nos fuimos de paseo a la Alameda Central.

En este demorado otoño y muy anticipado frí­o invernal, la mañana del último domingo de noviembre lucí­a esplendorosa y radiante. Pese a la contaminación, el cielo era de un azul transparente. No hací­a frí­o pero tampoco calor. Como dicen allá, era una tí­pica y fresca mañana de noviembre.

Por alguna razón, vino a mi memoria que mi papá viajó a México por primera y única vez en 1946 o en 1947. Gobernaba el presidente Miguel Alemán. Recuerdo que a su regreso nos dijo que México era en realidad la Ciudad de los Palacios y que nunca antes habí­a visto una calle tan animada y sorprendente como San Juan de Letrán.

Diego Rivera estarí­a terminando su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Los personajes que ahí­ están representados ya no son los de ahora, pero algo tienen en común y es porque aparecen perpetuados y prolongados en tres momentos de la historia de México: la conquista, los movimientos campesinos y las luchas populares -que culminaron en el movimiento revolucionario de 1910-, y el perí­odo posrevolucionario y el México moderno.

Este mural originalmente estuvo en el comedor del hotel Del Prado, que quedaba sobre la Avenida Juárez. A principios de los años 60 del siglo pasado, lo colocaron en el vestí­bulo.

Fue donde lo vi por primera vez. El hotel Del Prado colapsó durante el terremoto de 1985. Actualmente el mural original está en el Museo Mural Diego Rivera, creado especialmente para preservarlo. Existen dos reproducciones que conozco: una en la Alameda Central y la otra en el nuevo hotel Del Prado, de la colonia Anzúres.

A lo largo del mural está siempre la presencia del pueblo representado en la familia campesina, el joven obrero y el obrero revolucionario, una simbólica figura presidencial, la nueva burguesí­a, la arquitectura y las fábricas, los vendedores de tortas, frutas, rehiletes, globos y dulces tí­picos. El Distrito Federal, ahora, ya no parece ser lo que era entonces.

Y digo que no parece porque avanza a pasos agigantados en lo urbaní­stico, social y cultural como a pasos agigantados se acentúan sus contrastes, desigualdades y rezagos. Lo mismo está sucediendo en otros Estados de la República. Con quienes conversé sobre esto, coinciden en que el campo es el más castigado por las contradicciones propias del libre comercio y el consumismo.

En el caso del DF, pienso que es el DF de siempre por sus museos, universidad y escuelas, sus académicos, cientí­ficos e investigadores, su seguro social, hospitales y guarderí­as, sus teatros, librerí­as y bibliotecas, sus historiadores, novelistas y poetas, sus pintores, escultores y actores, su música, canciones y corridos, sus compositores e intérpretes, sus casas de vecindad y multifamiliares, sus calles, parques, plazas, mercados y tianguis, sus periódicos escritos y revistas y sus estaciones de radio.

También me parece que pese a tan desconcertante modernización urbana, el DF seguirá siendo lo que es en tanto sobreviva el merolico, el cilindrero y el boleador, los puestos de periódicos y revistas, la familia que vende tamales y atole en las afueras de los mercados, el que vende CD»s y DVD»s en el metro, el vendedor de pan en bicicleta que aparece por las calles y avenidas de los barrios y colonias cuando empieza a entrar la noche o el repartidor de gas y su inimitable anuncio mañanero.

El Distrito Federal, en fin, seguirá siendo para mí­ la atrayente y cautivadora ciudad por sus cantinas, pulquerí­as, fondas, torterí­as, tacos, tlacoyos, guaraches, quesadillas, bares y restaurantes, su tequila y su mezcal, y, sobre todo, por su gente y el mexicano modo de ver la vida y sobrellevarla con la ironí­a de quien ha aprendido a burlarse de la muerte y que –aún antes de que José Alfredo Jiménez lo cantara en Guanajuato– ya sabí­a que la vida no vale nada.

En eso y muchas otras cosas más pensaba aquella mañana de domingo por la Alameda Central cuando me di cuenta de que tomado de mi mano caminaba José Miguel, y que tal vez por eso haya sido que tomé conciencia de que bien valí­a la pena seguir disfrutando de aquel paseo que ahora recuerdo no sólo por la dicha de haber podido hacerlo, sino porque también advertí­, una vez más, que es caminando –y no detrás de un escritorio– como uno alcanza a ver que es mucho lo que se debe y hay que hacer para que las cosas cambien de raí­z.