Los estudiantes que se gradúan, los que salen de los colegios, rebozan de contentos porque no sólo vienen días de solaz y recreo, sino porque se ilusionan con la llegada a la universidad. Finalmente acarician y sienten que tocan la gloria, se sienten mayores y creen que han dado un paso importante en sus vidas. Y no dejan de tener razón, pero la cosa todavía está que empieza y no deben cantar victoria.
Evidentemente si se ve la realidad superficialmente, ir a la universidad significa un acto emancipatorio: no más uniforme, más libertad respecto a asistir o no a las clases (ya no hay monjas ni curas que los estén obligando), menos control de los padres y, quizá, más independencia económica -si se empieza a trabajar. Esto es un sueño para los que han vivido los años de colegio de manera reprimida. Y, si es así, de verdad que hay motivos de júbilo.
Pero la universidad es mucho más que un carnaval. En realidad, ahora vienen días que los jóvenes deberían de enfrentar con la mayor seriedad del universo. Son cinco o seis años que constituirán la base para una especialización o el pasaporte de entrada para entrar en el campo profesional. Si los jóvenes supieran en verdad el paso que están próximos a dar, sentirían como diría Kierkegaard, temor y temblor.  Pero muchas veces, desafortunadamente, nada de esto sucede.
A la universidad vienen muchos jóvenes que les parece la educación superior la continuación de su vida colegial. «Huelen a colegio», dice un amigo. Y ese olor se evidencia en la irresponsabilidad de algunos en lo que a estudios se refiere: no toman apuntes, no son serios en las clases, no participan, se duermen, chatean en sus computadoras, no asisten a las lecciones y viven pidiéndole a Dios toda clase de feriados. El peor profesor para el alumno con olor a colegio de monjas y curas es el exigente.
Nada aman tanto los estudiantes desubicados como los profesores gamonales: los que suelen llegar tarde, hacen exámenes «light» y comprenden su indisciplina. Estos sí son «maestros», «buena onda» y «perfectos». Los demás son cuadrados, conservadores y hechos a la vieja usanza. Sólo algunos listos intuyen que la vida no va por ahí y que la vagancia de hoy se pagará cara mañana. Son éstos los que salvan la vida universitaria y se convierten en profetas que exigen seriedad y responsabilidad.
Vienen días para los jóvenes que salen del colegio de mucha responsabilidad. Deben disciplinarse, acostarse temprano, dormir lo suficiente, alimentarse bien y aprovechar el tiempo que Dios les regala. La seriedad en los estudios debe afrontarse como si se tratara de un auténtico trabajo. Uno no falta al trabajo, cumple con responsabilidad las tareas asignadas y se esfuerza por obtener el producto esperado. No basta con llegar a clases y tomar apuntes, se debe estudiar. No basta leer y marcar los libros, hay que estudiar. No es suficiente con estudiar las explicaciones del profesor, hay que investigar. Se debe leer, estudiar y profundizar mucho. Esa es la principal tarea del estudiante.
La labor es seria y debe pensarse que atrás de toda esta acción hay una enorme responsabilidad moral. Los estudiantes están moralmente comprometidos frente a sí mismos, sus padres, hermanos, sociedad y hasta con Dios mismo (si se es creyente). No pueden darse el lujo de fracasar en el intento, sentirse satisfechos con la nota mínima o simplemente irla pasando. Lo que hagan ahora es vital para hoy y mañana.  Tienen en sus manos un gran camote y lo peor, quizá, es que ni se lo imaginan.Â