En el combate al narcotráfico aparentemente sólo hay dos opciones. Una de ellas es el enfoque puramente represivo que alienta el gobierno de Estados Unidos y que se ha puesto en práctica especialmente en México, pero también en Guatemala.
La otra alternativa que se intenta analizar y discutir (no llevar a la práctica en un plazo inmediato) es la propuesta por el presidente Otto Pérez Molina encaminada a legalizar el consumo de estupefacientes, aunque atendiendo la sugerencia del lector Guillermo Castañeda (no muy apreciado por quienes suelen enviar acotaciones a mis artículos en el portal de La Hora), conviene ser más preciso en lo que respecta a su objetivo: “Regular la producción, trasiego y consumo de drogas despenalizadas”.
Independientemente del nombre que se le quiera aplicar a esa iniciativa, no tiene visos de prosperar, al menos en un futuro próximo, por una variedad de factores, algunas muy razonables, pero especialmente por la férrea oposición del gobierno norteamericano, en cuyo territorio, cabalmente, se ubica la mayor masa de consumidores de toda clase de drogas, y de ahí que con certeza se argumenta que mientras se incremente el número de drogadictos en Estados Unidos en igual manera aumenta la producción y el narcotráfico; Washington, empero, permanece impertérrito ante esos atinados señalamientos y se concreta a exigir que los gobiernos de Centroamérica y México apliquen políticas represivas más intensas contra los cárteles de la droga, pero reduce su apoyo financiero.
En pocas palabras, ante este cruel fenómeno social y económico que perjudica en gran medida no sólo a los gobiernos sino también a los habitantes de los países afectados, da la impresión que nos encontramos en un callejón sin salida; mas al incursionar en el ciberespacio me encuentro con un despacho de la agencia de noticias IPS, fechado en México y bajo la responsabilidad de Emilio Godoy, quien, con prudente optimismo, señala que “Las vacunas contra las adicciones aparecen como una mejor estrategia que el enfoque represivo de la llamada guerra contra las drogas en el mundo, pero deben superar primero los muros de los laboratorios y encontrar respaldo financiero”.
Trae a cuenta que se encuentra en marcha experimentos contra la dependencia de la cocaína y la heroína en México y Estados Unidos, aunque se extienden a dos o tres años más de estudios e investigaciones para comprobar si el experimento es viable; al margen de que, además, se deben despejar dilemas de carácter ético, como la obligatoriedad para adictos y la autorización de dosis para menores de edad.
El médico Rogelio Rodríguez, quien en su clínica privada en la capital mexicana ofrece tratamientos a base de sueros contra la dependencia de la cocaína, acompañados de terapia psicológica, al ser consultado acerca del tema, explicó que “Tendría que pensarse en otras formas de aplicación (al referirse a una eventual y efectiva vacuna). Se tiene que quitar el efecto agradable de las drogas, lo cual es factible; pero habría que empezar a hacerlo en niños y niñas y eso implica una serie de temas legales y éticos”.
Mientras que la Secretaría (Ministerio) de Salud de México ya patentó una vacuna contra la heroína, aplicada exitosamente en ratones y que está por pasar a la fase de prueba en humanos; el profesor Frank Orson, del Departamento de Patología e Inmunología del Colegio Baylor de Medicina, de la ciudad tejana de Houston, advirtió que la vacuna es promisoria para los que quieran ayuda, pero no es una cura ni un bloqueo completo a la adicción, puesto que también es muy importante complementar el tratamiento con terapias y programas de rehabilitación.
Por algo se empieza. Quizá podría ser la salida del callejón.
(El licenciado Romualdo Tishudo, abogado defensor de una mujer acusada de narcotraficante conjuntamente con su conviviente, le pregunta: -¿Por qué terminó su primer matrimonio? –Por asesinato del cónyuge, replica. El letrado repone:-¿Cuál de los dos cónyuges?).