Las transferencias de tecnología, como la prometida por Francia a Brasil en el marco del acuerdo sobre la compra de aviones caza francés Rafale, son un argumento de peso para la exportación, pero a veces chocan con la protección de conocimientos sensibles.
«Desde hace tiempo, Francia practica una política de transferencia porque es un argumento para obtener mercados», explicó Jean Paul Hebert de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.
Ese sistema permite «otorgar al país cliente el derecho de producir aparatos o componentes y de estar al tanto de la tecnología» de los productos que compra.
Esa es la promesa que acaba de hacerle Francia a Brasil durante la visita que ayer efectuó el presidente francés Nicolas Sarkozy, en el marco de una mayor cooperación bilateral.
El multimillonario acuerdo anunciado ayer por Sarkozy y su homólogo brasileño Luiz Inacio Lula da Silva prevé en total la compra de 36 cazas, cinco submarinos y 50 helicópteros franceses, y la venta de diez aviones de transporte militar brasileños KC-390, el llamado «Hércules brasileño», para sustituir los C130 Hércules estadounidenses.
«Francia se ha mostrado como el país más flexible en la cuestión de transferencia de tecnología, y obviamente que esa es una ventaja comparativa excepcional», había afirmado el pasado miércoles Lula en una entrevista, al confirmar su preferencia por el caza fabricado por la francesa Dassault.
Esa compañía se declaró dispuesta a responder a esa demanda brasileña, haciendo hincapié en su «muy largo historial en materia de transferencia de tecnología y de cooperación industrial que remonta a los años 60 y que empezó con el Mirage III. Nunca hemos tenido problema y no los tememos».
Este compromiso va más allá del alcanzado entre el fabricante aeronáutico europeo Airbus y China, donde se instaló una fábrica de ensambladura de los A320.
El constructor europeo no tiene intenciones de enseñar a sus socios locales cómo construir un avión de línea, una de las grandes ambiciones de la industria aeronáutica china.
Sin embargo, el alcance de la transferencia de tecnología propuesta por Dassault es secreto. «Los brasileños nos pedirán mucho. Habrá que encontrar un equilibrio», consideró una fuente gubernamental francesa.
Las áreas más delicadas son las «fuerzas tecnológicas» del avión, como por ejemplo todo lo que permitirá atacar, como radares, misiles, visores de casco, sistema de mira y electrónica de a bordo, explicó un alto responsable de la Fuerza Aérea francesa.
«Los códigos-fuente» de los ordenadores también son decisivos pues permiten bloquear su funcionamiento.
«Ensamblar un avión en un país no significa que se le suministren los secretos de fabricación de un radar», explicó ese responsable.
Algunas tecnologías, empezando por lo nuclear militar (misiles o propulsión de submarinos), son, en todos los casos, demasiado estratégicos como para ser transmitidos y están enmarcados estrictamente en tratados internacionales.
El grupo naval francés DCNS ayudará a Brasil en la construcción de un submarino nuclear pero «el límite ha sido establecido claramente. No se le ayudará a realizar la sala de máquinas nuclear», precisaron fuentes de la DCNS.
En Francia, la transferencia de tecnología está controlada por la Comisión Interministerial de Exportaciones de Material de Guerra (CIEMG), bajo la tutela del poder político, que zanja en los casos más importantes.
Pero la política francesa es bastante acomodaticia en ese ámbito, comparada a la de Estados Unidos, celoso de proteger sus joyas tecnológicas de las miradas indiscretas y de conservar su supremacía militar.
En ese contexto el Congreso de Estados Unidos prohibió la exportación de los muy costosos aviones de caza furtivos F-22 Raptor, inclusive a los países «amigos», muy a pesar de los industriales estadounidenses.