«Umbral de año nuevo» de León Aguilera


Grecia Aguilera

Del álbum de Urnas del tiempo de mi señor padre, el filósofo guatemalteco, don León Aguilera, es mi deseo compartir con ustedes la Urna titulada «Umbral de año nuevo»: «Estamos aquí­ con la cabeza descubierta ante el umbral del año y ante el horizonte que lanza su grito azul y extenso. Hemos cruzado el umbral y los pájaros de oro del pensamiento se han puesto a revolotear. Hombre, tú mismo puedes ser el augur de ti mismo, con sólo que escuches el rumor del ancho rí­o de la divinidad. Estás ligado a esa divinidad por tu espí­ritu y a tu espí­ritu por la humanidad y a la humanidad por tu entidad consciente. Entonces escucha el augurio que corre por las cordilleras y va a perderse en las estrellas. Escucha el gran viento libre en tus oí­dos y el mensaje del gran periódico celeste de las noches, escrito en caracteres estelares. Allí­ está tu ayer, está tu hoy y puedes interpretar por este ayer y este hoy tu mañana. El augurio sólo es bueno cuando es la promesa del éxito a través de nuestros errores, extraví­os o angustias. No serás quien cobardemente cederá ante los llamados complejos, herencias ante las penumbras esquizofrénicas, ni ante las intimidaciones. Porque antes que nada, serás el vencedor de todas tus deficiencias, no teniéndolas como motivo para estancarte, o ser derrotado, sino para vencerlas y superar. Capitán de tu propia voluntad indomable, general de tu acción y mariscal de tu meta. Si te has vencido conquistarás tu propio universo. Domina el complejo de inferioridad, destroza tu tara, irrumpe en tu timidez -nadie es menos en humanidad que tú- y encuentra tu lugar por la inspiración profunda de tu ser. En ti está, en lo hondo de tu ser í­ntimo, el principio y fin de las cosas: la creación, el cosmos, la concepción humana, espiritual divina. Al triunfar luminosamente en la vida es posible que hayas conquistado una divinidad indestructible. Escucha el clamor blanco y celeste del horizonte en el dí­a, oye la voz atómica del sol y la plateada de la luna: oye las mirí­adas de mensajes en las estrellas. Todo guí­a, todo enseña, todo ilustra en la creación, en la senda del hombre, para que sea algo más allá de sí­ y sobre sí­ mismo. Más sobre su entidad fisiológica corruptible, más sobre su versatilidad, sobre sus miedos, sobre sus vacilaciones. Es el llamado a lanzarse en dirección a la luz estelar, tanto por fuera como por dentro. Porque también estas galaxias asombrosas en la vastedad del firmamento están vibrando en el interior de la conciencia y del ensueño de cada quien. Si sólo llenamos funciones fisiológicas o de lucha por la existencia y de acoso del hombre por otros más audaces y fuertes, no pasamos de ser simples bestias de presa. Mas si en la bestia dormida un ángel aletea, en la conciencia del hombre ese ángel es prisionero de su manera de actuar, y para liberarlo no tiene sino ser constructivo, generoso y luminoso. Es la vida un breve o largo camino. Trepa. Algunos no ven a su alrededor, no observan los panoramas en desenvolvimiento. Pero hay quienes se admiran ante las colinas que suben. Pocos logran ver los halos de la ciudad divina y alguno llega a columbrar el sacro alcázar. Año nuevo, nuestro tiempo en movimiento, en evolución. No hay vejez para quien mantiene su tiempo joven y creador. Un pensador dijo: Dios está con los activos. Y también la actividad mantiene la juventud. Traspasamos el umbral del año, no con frases de clisé o sentencias gastadas, sino con el ansia de ser algo nuevo siempre en los dí­as. Y toda renovación nace primero en el anhelo propio y luego se torna una realización formidable. No lanzamos el quejido de cansancio de los años, sino el grito de victoria de haber entrado al asalto del nuevo año. Y no temblamos medrosos ante lo que nos depare el año, porque nos acompaña el Gran Compañero Divino, el que corona la acción de laureles y riega rosas al paso del conquistador de sí­ mismo, que convierte su egoí­smo en humanidad y su tiniebla en luz.»