Turquí­a: difí­cil transición entre el pasado y el futuro



La posible elección del canciller Abdulá Gul como presidente de Turquí­a parece abrir una nueva página de la historia, pues marcará el repliegue del laicismo, que después de dominar durante más de 80 años la vida polí­tica del paí­s terminó por ceder ante el empuje del islamismo.

En un Parlamento dominado por la mayorí­a islamista que surgió de las elecciones legislativas de julio, Gul no logró en las dos primeras vueltas de votación la mayorí­a de dos tercios que necesitaba para ser designado en la cúpula del Estado.

Recién podrá quedar consagrado a partir del martes, cuando ya sólo será necesaria una mayorí­a simple, como la que tiene su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP).

Si bien el presidente turco tiene un poder relativamente limitado, su elección constituirá un acontecimiento histórico en un paí­s donde hasta ahora predominaba la separación entre religión y Estado impuesta por el padre de la Turquí­a moderna, Kemal Ataturk, en 1923.

De todos modos, la entrada en el palacio presidencial de Cankaya de un presidente islamista, acompañado de una primera dama que usa en público el tradicional velo islámico, está haciendo correr rí­os de tinta.

Para intentar esa experiencia, el primer ministro Recep Tayip Erdogan eligió a Gul, 56 años, su hombre de confianza en el partido AKP y en el gobierno.

El proceso que terminará con su probable elección comenzó hace cuatro meses y abrió un perí­odo de gran tensión que no fue estéril porque sirvió para que la sociedad y las fuerzas armadas admitieran una idea que parecí­a inaceptable.

El primer intento por imponer la elección de Gul tropezó con la resistencia de un Parlamento donde la oposición tení­a –todaví­a– una minorí­a de bloqueo.

Millones de turcos salieron a las calles entre abril y mayo porque veí­an en su elección un peligro para la separación de la religión y la vida pública que propugna la Constitución.

Esa prueba de fuerza inconclusa obligó al gobierno a disolver la cámara y convocar a nuevas elecciones, que se saldaron en julio con la aplastante victoria del AKP. Ese éxito permitió que Gul volviera a presentar su candidatura.

Para que esa postulación pudiera prosperar también fue necesario que se produjera un cambio de mentalidad en la sociedad y una moderación de la posición intransigente que mantení­an hasta ese momento las Fuerzas Armadas.

El panorama polí­tico, sin embargo, no está excento de tensiones, como reveló la afirmación «Gul no deberí­a ser mi presidente», lanzada por el articulista Bekis Coskun en el diario Hurriyet (poniendo en duda el carácter laico del Estado con un islamista al frente).

«La gente que dice que (Abdulá Gul) no puede ser presidente tendrí­a que renunciar a la ciudadaní­a turca», le respondió el lunes el primer ministro Erdogan.

Para eliminar las últimas objeciones de sus adversarios, Gul prometió que será «imparcial», trabajará para «reforzar los valores republicanos» y hará «todo lo necesario para defender el laicismo».

Aún mantienen su intransigencia los kemalistas del Partido Republicano del Pueblo (CHP) heredero de Ataturk. En las elecciones del 22 de julio, según los analistas, pagaron su radicalización nacionalista y el alineamiento con el ejército.

En cambio, Gul –doctor en Economí­a– consiguió su avance más significativo cuando sedujo a las élites financieras, el sector más laico. «Creemos que Gul cumplirá las exigencias del puesto», dijo Arzuhan Yalí§indag, presidente de la principal central empresarial, Tusiad.

Los islamistas son quienes propician con más vigor el ingreso de Turquí­a a la Unión Europea, una perspectiva que naturalmente coincide con los intereses de los empresarios.

Paradójicamente, fue Ataturk quien, en su afán de occidentalizar el antiguo Imperio Otomano, colocó a Turquí­a en la ví­a de Europa.

Los empresarios reconocen que, desde su llegada al poder a partir de 2002, los islamistas promovieron el crecimiento y la modernización del paí­s. Pero no tienen el mismo entusiasmo con algunas de las iniciativas con las que el AKP amagó la pasada legislatura, como la criminalización del adulterio.

Y para rematar, el sí­mbolo de la discordia: el velo de la esposa del futuro presidente, irrenunciable para ella.

Hayrunnisa Gul impugnó incluso ante los tribunales la norma que prohí­be el ’hiyab’ en la universidad (de hecho se quedó sin estudiar por eso). Ahora ha encargado una versión modernizada del turbante que resulte agradable «a los más modernos y a los más conservadores», según el modista turco Atil Kutoglu, instalado en Viena.

Tarea difí­cil, y dada la trascendencia que adquirió ese tema espinoso, será el primer examen para Gul, que tendrá que poner a prueba su arte de la diplomacia.