La semana pasada, se presentó en el país la ópera «Turandot» de Giacomo Puccini en la Gran Sala del Centro Cultural Miguel íngel Asturias, el jueves 29 y el sábado 31 de enero.
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«Turandot» se constituyó en la primera ópera del año para nuestro país. Esta afirmación adquiere sentido al caer en la cuenta que, de a poco, la recurrencia de estas representaciones cada vez es más frecuente en Guatemala, por lo que se va fraguando una sólida cultura operística.
Para conocimiento general, «Turandot» es la historia de una princesa, quien da nombre a la ópera, que prácticamente rige a China. Desde su reinado, todo ha sido bastante controvertido. Los pobladores no son felices. Como parte de su rudeza, Turandot incluyó una cláusula que cualquier príncipe extranjero que desee casarse con ella, deberá adivinar tres acertijos; si acierta, se casa con la princesa, pero si falla, será decapitado.
La ópera inicia cuando sucede uno de tantas decapitaciones. Como parte del público, Calaf, príncipe de Persia, observa una decapitación. Calaf había salido del exilio, junto a su padre, por la invasión de un usurpador. En Pekín, donde se desarrolla la acción, se reencuentran Rey y Príncipe de Persia, desde la salida forzada de ambos. El Rey de Persia era ayudado por una esclava fielLií¹, que en ningún momento lo dejó. Según cuenta ella misma, Lií¹ vivió con la ilusión de reencontrar a Calaf, porque estaba enamorada de él.
Por el exilio, Calaf no parecía un príncipe, por lo que nadie lo había reconocido. Decide entrar a la prueba para poder casarse con Turandot. Pese a los consejos de los ministros de China para que desista, Calaf insiste; por último vencerá las tres pruebas, y tras una noche de tensión, en la cual Turandot todavía trata de evitar casarse, por fin vence el amor y se casarán.
ASPECTOS RESALTANTES
La ópera representada en el país recientemente contó con más aciertos que fallas. En primer lugar, hay que notar que el tenor Miro Solman, quien personificó a Calaf, tuvo una actuación satisfactoria.
Sin embargo, fueron otros dos personajes quienes arrancaron los aplausos. La primera fue la mezzosoprano guatemalteca Ana Rosa Orozco, quien personificó a la esclava Lií¹. La ópera -cabe decir- tiene como mensaje final es el triunfo del amor, sobre el dolor. Y es precisamente Lií¹ quien da ese mensaje, porque ella se suicida con tal de no traicionar a Calaf, permitiendo -con su acción- que éste logre por fin casarse con Turandot. La actuación de Lií¹ es la más dramática, y Ana Rosa Orozco logró despertar el patetismo de esta escena, por lo que el público se identificó.
Por su parte, Omar Camata fue el otro destacado. Su tesitura de barítono lo ubicaba en el papel de Ping, Gran Canciller. í‰ste, junto a otros dos ministros de China, evocan una de las arias más famosas de la ópera y más hermosas, ya que recuerdan con nostalgia cómo vivían de tranquilos antes del reinado de Turandot.
«Yo tenía un bosque (…) pero no me da sombra a mí», es una de las estrofas más célebres de la ópera, y que sin duda alguna es un buen ejemplo de la nostalgia.
Camata fue otro de los aplaudidos de la noche. Su voz era excepcionalmente dulce, y su histrionismo hacía que sobresaliera del montón de cantantes de ópera, quienes usualmente no enfatizan la expresión corporal ni facial, sino que se centran exclusivamente en el canto.
Por otro lado, hay que referir que el montaje escénico fue bastante bueno, salvo un par de detalles que pueden mejorar.
POR MEJORAR
En contraposición de lo destacado, cabe decir algunas cosas por referir.
Por ejemplo, el hecho de que los artistas más destacados de la noche fueron los secundarios, deja algún mensaje por analizar. Es cierto, el artista de Calaf fue aceptable, pero Camata fue mejor.
En cambio, la artista que protagonizó Turandot dejó mucho que desear. Cumplió con el papel, pero con una voz que no tiene alma. El papel estaba destinado, inicialmente, para Kathleen McCalla, pero se informó que había sido destituida -por razones que no explicaron- por Simona Baldolini.
Turandot es un personaje genial. Su temperamento debe ser fortísimo. Ella no da el mensaje de la obra, pero sí es quien sufre la mayor transformación. De fría y sanguinaria, debe pasar a ser cariñosa y humilde, actitudes que jamás pudo interpretar, ni con su voz ni con su actuación Baldolini.
Otros detalles, como un gong gigante mal confeccionado, una pantalla que -más que adornar- entorpecía el escenario, y las letras de la traducción de la ópera en lo alto (que impedían centrarse en la ópera por esta leyendo), son, quizá, los únicos fallos de la escenografía.