Tsunami arrasó centenares de casas


«Todo eso era lleno de casas. Más de cien», dice Silvia Aparicio, apuntando hacia el balneario chileno de Pelluhue, sepultado bajo la arena por el tsunami que siguió al terremoto del sábado.


«Esto es nada comparado a lo que pasó en el marisquero (otro barrio)», otra área bien conocida por sus habitantes por los mariscos, añade esta dirigente social de 50 años.

En la calle, un pez está a más de 500 metros de la costa y las barreras de bloqueo de la carretera también reflejan la violencia del maremoto que destruyó cientos de casas, según los bomberos.

«Esa casa estaba a casi dos cuadras de acá», señala la mujer, mostrando ahora una casa amarilla destruida por completo.

Los servicios de socorro estiman que 57 personas murieron en Pelluhue y 28 en Curenipe, dos aldeas ubicadas a 300 km al sur de Santiago, y cerca del epicentro del terremoto que dejó más de 700 muertos, según un balance oficial preliminar.

Wagner Alvear Flores, del cuerpo de bomberos de la región de Santiago, que viajó a la zona, habla de un aproximado de «46 cadáveres hallados a nivel regional» y un «número indeterminado de desaparecidos».

La mayorí­a de ellos son turistas chilenos que vení­an a pasar sus vacaciones de verano en esta aldea de pescadores y agricultores en el sur del paí­s.

Las ví­ctimas fueron sorprendidas por el maremoto mientras dormí­an en la madrugada.

«Aquí­, no hubo alarma. Las olas vinieron 40 minutos después del terremoto, que tuvo lugar a las 3:25 de la madrugada. Hubo dos y a continuación una más grande. El ruido era ensordecedor», recuerda Silvia Aparicio, que vive en una zona alta de lo que fue este colorido pueblo.

Un poco más tarde cuatro hombres cargan una camioneta con unas cuantas sillas, un cochecito de bebé, una estructura de cama: todo lo que quedó de su casa de vacaciones, una de las pocas que quedó en pie al frente de la playa tras el tsunami.

«Volvemos a Curicó (a unos 150 kilómetros). No podemos quedarnos», dijo Oscar Henrí­quez, un jubilado.

Detrás de él, pasa un coche de policí­a. Las fuerzas del orden previenen a los habitantes a través de un altavoz: «Â¡A las 21 horas, toque de queda!»

«Los militares llegaron ayer para resguardar porque hubo muchos saqueos», explicó Aparicio.

Un primer enví­o de ayuda llegó el lunes, pero la zona seguí­a sin electricidad ni agua y el supermercado mantení­a cerradas sus puertas por falta de mercancí­as.

Y la noche promete ser todaví­a mucho más larga para los residentes, algunos de los cuales han preferido acampar en el pueblo.

«Estoy asustadí­sima, porque las réplicas se intensifican más durante la noche», señala Aparicio.