Triunfante como la aurora se elevó a los cielos la Virgen Marí­a


Mientras más busca el hombre profundizar en el conocimiento de Dios, tanto más comprende que no logrará abarcarlo; tales son las grandezas y misterios con los que se depara.


El Creador, que establece las reglas, se complace en crear magní­ficas excepciones.

La Teologí­a nos enseña que tres criaturas no podrí­an ser creadas en un grado más excelente. La primera es Jesucristo, Hombre-Dios: imposible ser más perfecto, nada se podrí­a agregar.

La segunda, Marí­a: «casi divina» es la expresión que varios teólogos emplean para referirse a la Madre del Redentor. Y por fin, la visión beatí­fica, el Cielo: el premio reservado a los justos no podrí­a ser mejor ni mayor.

¡Es Dios mismo que se entrega a los Bienaventurados!

¿POR QUí‰ MURIí“ LA MADRE DE LA VIDA?

En Marí­a Santí­sima se halla la plenitud de gracias y de perfecciones que son posibles a una mera criatura.

Según la bella expresión de San Antonino, «Dios reunió todas las aguas y las llamó mar; reunió todas sus gracias y las llamó Marí­a». Desde toda la eternidad, el decreto divino establecí­a el singularí­simo privilegio que la Virgen Santí­sima fuera concebida libre de la mancha original. Privilegio apropiado a la que engendrarí­a en su seno al mismo Dios.

Una vez transcurrida su vida en esta tierra, ¿qué le sucederí­a a nuestra Madre?

Ella, que habí­a dado a luz, alimentado y protegido al Niño Dios, y recibido en sus brazos virginales el Cuerpo dilacerado de su Hijo y Redentor, estaba lista para exhalar el último suspiro. ¿Cómo podrí­a pasar por el trance de la muerte esa Virgen Inmaculada, nunca tocada ni por la más leve sombra de cualquier falta?

Sin embargo, como la suave puesta de sol de un magní­fico atardecer, la Madre de la Vida entregaba su alma. ¿Por qué morí­a Marí­a? Es que habiendo participado en todos los dolores de la Pasión de Jesús, no quiso dejar de pasar por la muerte, para imitar en todo a su Dios y Señor.

¿DE QUí‰ MURIí“ MARíA?

La naturaleza de la Virgen Marí­a era perfectí­sima. En efecto, Tertuliano afirma que «si Dios puso tanto cuidado al formar el cuerpo de Adán, porque su pensamiento volaba hasta Cristo, que deberí­a nacer de él, ¿cuánto mayor cuidado no habrá tenido al formar el cuerpo de Marí­a, de la cual deberí­a nacer no de modo remoto y mediato, sino de modo próximo e inmediato el Verbo Encarnado?».

Además, escribió San Antonino, «la nobleza del cuerpo aumenta y se intensifica en proporción a la mayor nobleza del alma, a la que está unido y por la que es informado; y es razonable, pues la materia y la forma son proporcionadas una a la otra. Siendo por lo tanto, que el alma de la Virgen fue la más noble luego de la del Redentor, es lógico concluir que también su cuerpo fue el más noble, luego del de su Hijo».

Por lo tanto, el alma santí­sima de Marí­a, concebida sin pecado original y llena de gracia desde el primer instante de su existencia, se correspondí­a con un organismo humano perfectí­simo, sin el menor desequilibrio.

Como consecuencia de su virginal naturaleza, la Santí­sima Virgen fue inmune a cualquier enfermedad y jamás estuvo sujeta a la decrepitud del cuerpo causada por la edad.

ENTONCES, ¿DE QUí‰ MURIí“ LA MADRE DE DIOS?

El término de la existencia terrenal de Marí­a se debió a la «fuerza del divino amor y al vehemente deseo de contemplación de las cosas celestiales, que consumí­an su corazón».

¡La Santí­sima Virgen murió de amor!

San Francisco de Sales describe así­ ese sublime acontecimiento:

«Â¡Cuán activo y poderoso (…) es el amor divino! Que no os extrañe si os digo que Nuestra Señora de él murió, pues, llevando siempre consigo, en su corazón, las llagas del Hijo, las padecí­a sin consumirse, pero finalmente murió por el í­mpetu del dolor. Sufrí­a sin morir, pero al fin murió sin sufrir.

«Â¡Oh pasión de amor! ¡Oh amor de pasión! Si su Hijo estaba en el Cielo, su corazón ya no estaba en Ella. Estaba en aquel cuerpo que amaba tanto, huesos de sus huesos, carne de su carne, y al Cielo volaba esa águila santa. Su corazón, su alma, su vida, todo estaba en el Cielo: ¿por qué habí­an de quedarse aquí­ en la tierra?

«Finalmente, luego de tantos vuelos espirituales, tantos arrebatos y tantos éxtasis, ese castillo santo de pureza y humildad se rindió al último asalto del amor, después de haber resistido a tantos.

El amor la venció, y consigo se llevó su bendita alma».

Esa muerte de Marí­a, suave y bendita como un hermoso atardecer, recibe por parte de la Iglesia el sugerente calificativo de «dormición», para expresar que su cuerpo no sufrió la corrupción.

LLENA DE GRACIA Y LLENA DE GLORIA

¿Cuánto duró la permanencia del purí­simo cuerpo de Marí­a en el sepulcro?

No lo sabemos. Pero según la tradición, fue muy poco el tiempo que su alma estuvo separada de su cuerpo. Y en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, afirma el Papa Pí­o XII:

«Por un privilegio enteramente singular, Ella venció el pecado con su Concepción Inmaculada; y por tal motivo no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención del cuerpo hasta el fin de los tiempos».

Así­, resplandeciente de gloria, el alma santí­sima de la Santí­sima Virgen asumió de nuevo su cuerpo virginal, volviéndolo completamente espiritualizado, luminoso, sutil, ágil e impasible.

Y Marí­a -que quiere decir «Señora de Luz»- se elevó al Cielo en cuerpo y alma, mientras que incalculables legiones de las milicias angélicas exclamaban maravilladas, al contemplar a su Soberana cruzando los umbrales eternos: «Â¿Quién es ésta que se levanta como la aurora, hermosa como la luna, radiante como el sol, irresistible como un ejército en marcha?» (Cant 6,10).

Y se escuchó una gran voz que decí­a: «He aquí­ el tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3).

La Hija bienamada del Padre, la Madre virginal del Verbo, la Esposa purí­sima del Espí­ritu Santo fue coronada entonces por las Tres Divinas Personas para reinar en el universo, por los siglos de los siglos, «a la derecha del Rey» (Sl 44,10).

EL DOGMA

La verdad de esta glorificación única y completa de la Santí­sima Virgen fue definida solemnemente como dogma de fe por el Papa Pí­o XII el 1° de noviembre de 1950, con estas bellas palabras:

«Después de habernos dirigido a Dios en repetidas súplicas, y de haber invocado la luz del Espí­ritu de verdad, para gloria de Dios omnipotente que a la Virgen Marí­a concedió especial benevolencia, para honra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y triunfador del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de su augusta Madre y para gozo y júbilo de toda la Iglesia, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstolos San Pedro y San Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos que: La Inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen Marí­a, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».