TRIDUO PASCUAL


Eduardo Dí­az Reyna

Universidad de San Carlos de Guatemala

De todas las semanas del año, la más importante para los cristianos es la Semana Santa pues durante esos dí­as se conmemoran los hechos más trascendentales del calendario litúrgico. Antiguamente esta semana se conoció como la «Semana Grande» o la «Semana Mayor» y, en efecto, así­ es, puesto que los sucesos que se conmemoran durante ese tiempo constituyen el núcleo y el corazón de la fe y la liturgia católica.


Durante esta semana la Iglesia sigue las huellas de Jesús, y las narraciones que hacen los evangelistas de los hechos parece que cobraran vida en nuestro pensamiento. La liturgia de la Iglesia en esta semana es muy especial y en Guatemala la misma se enriquece con nuestras tradiciones, entre las que destacan las procesiones de las imágenes de Jesús Nazareno, de Cristo Crucificado, de Jesús Yacente y de la Virgen Marí­a; adornos y alfombras de aserrí­n elaboradas y trabajadas por manos piadosas que cada año tratan de superar este arte popular religioso hacen de nuestra Semana Mayor algo único en el mundo.

Después de la alegrí­a del Domingo de Ramos se llega a la celebración más solemne del calendario: el Triduo Pascual.

Hoy en dí­a el Triduo Pascual tiene un enfoque diferente pues ya no se presenta sólo como un tiempo de preparación. El Triduo Pascual hoy abarca la pasión y la resurrección que comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, sigue con la solemne conmemoración eucarí­stica y concluye con las ví­speras del Domingo de Pascua.

Es muy significativo que ya los padres de la Iglesia, San Agustí­n y San Ambrosio, concibieran el Triduo Pascual como un todo que incluye el sufrimiento y la glorificación de Jesús. San Ambrosio, al referirse a los tres dí­as santos como los tres dí­as en los cuales Jesús sufrió, estuvo en la tumba y resucitó, resumió las siguientes palabras de Jesús: «Destruid este templo y en tres dí­as lo reedificaré».

Primer dí­a

La misa vespertina de la Cena del Señor, que se oficia el primer dí­a del Triduo, evoca la memoria de la última cena y de la institución de la Eucaristí­a; también se conmemora en ese dí­a el lavatorio de los pies, pero sobresalen las palabras de la plegaria eucarí­stica en la cual se dice: «El cual hoy, la ví­spera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó pan en sus santas y venerables manos …».

En este dí­a de la misa vespertina, las vestiduras de los sacerdotes son blancas y los cantos son de alegrí­a. Todo habla de gozo y fiesta, pues la Eucaristí­a es el mismo memorial del sacrificio de Cristo en la cruz, y por tanto existe una í­ntima relación entre la misa y el calvario.

El evangelio del Jueves Santo nos presenta entonces a Jesús lavando los pies a sus discí­pulos, gesto que sorprendió a los apóstoles, pero que les inculcó la lección de amor y de servicio mutuo para con sus semejantes.

Después de celebrada la misa, el sacerdote acompañado de sus ministros y fieles llevan procesionalmente el Santí­simo Sacramento al altar de la reserva donde Jesús en la Eucaristí­a recibirá continuamente la oración de los fieles hasta bien entrada la noche. Por la mañana del Viernes Santo también los fieles acuden a orar hasta llegar al momento del intenso dolor de la crucifixión. Esta es una especie de vigilia privada que la feligresí­a y la Iglesia acostumbran en la visita a los llamados monumentos que se elaboran en los distintos templos católicos.

Segundo dí­a

El segundo dí­a del Triduo Pascual es el Viernes Santo, un dí­a de intenso dolor. En Guatemala y en todo el mundo la devoción a la pasión de Cristo está fuertemente arraigada, y remontándonos al año 400 de nuestra era recordamos a la peregrina Egeria quien describí­a ese dí­a de la manera siguiente:

«Es impresionante ver cómo la gente se conmueve con estas lecturas, y cómo hacen duelo. Difí­cilmente podréis creer que todos ellos, viejos y jóvenes, lloren durante esas tres horas, pensando en lo mucho que el Señor sufrió por nosotros», así­ se expresó Egeria en las memorias de sus viajes recogidos en bellos textos que ahora se leen más frecuentemente.

La liturgia del Viernes Santo comprende la celebración de la pasión del Señor que tiene lugar temprano por la tarde, alrededor de las quince horas. Esta ceremonia comienza cuando el celebrante y sus ministros se aproximan al altar en silencio y después de la primera oración se escuchan la primera y segunda lecturas que corresponden al Antiguo Testamento. Finalizadas estas lecturas el sacerdote procede a la presentación del evangelio «Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según San Juan».

Concluida la lectura del evangelio se procede a las intercesiones generales, que son una oración verdaderamente universal, en la cual se hace referencia a plegarias de intercesión en las que la Iglesia mira al mundo y ora formalmente por todo el género humano. Finalizadas estas oraciones sigue la adoración de la Santa Cruz que consiste en un descubrimiento gradual de la cruz que después queda expuesta a la adoración de los fieles.

Termina el dí­a segundo del Triduo con el rito de la comunión; la liturgia concluye sin despedida ni canto final. El altar queda desnudo, el sagrario vací­o y sin flores ni ornamentos de ninguna clase. El pueblo se retira en silencio y la Iglesia permanece vigilante junto a la tumba de Jesús.

Tercer dí­a

El Sábado Santo, último dí­a del Triduo, tiene lugar la celebración de la Vigilia Pascual, a la cual San Agustí­n denomina «la madre de todas las vigilias».

Esta celebración de la vigilia se divide en cuatro partes: celebración de la luz, liturgia de la palabra, celebración bautismal y Eucaristí­a pascual.

Durante esta vigilia se bendice el fuego nuevo con el que se encenderá el cirio pascual, al cual el sacerdote graba una cruz con un estilete y luego las letras griegas alfa y omega por encima y debajo de la misma. Posteriormente, se procede a las incisiones correspondientes para los cinco granos de incienso que representan las cinco llagas del Salvador. Y al encender el cirio con el fuego nuevo el sacerdote proclama: «La luz de Cristo que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espí­ritu». Siguen las lecturas correspondientes, el evangelio de la resurrección y, por supuesto, la Eucaristí­a.

En el rito ruso y otros ritos orientales, para la Pascua los fieles se saludan con la tradicional expresión: «El Señor ha resucitado», a lo que la otra persona responde: «Verdaderamente ha resucitado».

Así­ concluye el Triduo Pascual.

Quédate con nosotros

Quizá una de las más hermosas narraciones evangélicas acerca de la resurrección de Jesús es la del dí­a domingo que se refiere a los peregrinos de Emaús.

Cleofás y un acompañante salen de mañana de vuelta a Emaús, con el fin de llegar a sus casas por la tarde. Su estado aní­mico y su conversación era muy triste pues habí­an sido testigos de la crucifixión de Jesús. Cuando ellos dejaban la ciudad nadie conocí­a aún la aparición de Jesús a Marí­a Magdalena.

En un momento del mediodí­a Jesús de pronto camina entre Cleofás y su compañero sin desvelar su personalidad y durante el trayecto a Emaús van discutiendo y escuchando a su acompañante acerca de los sucesos acaecidos en Jerusalén. El trayecto les parece corto y no se cansan de escuchar al amigo desconocido. Cayendo la tarde los dos peregrinos le dicen al desconocido: «Quédate con nosotros que se hace tarde» y Jesús entró a la casa para quedarse con ellos. En el momento en que se aprestaban a comer, correspondí­a a Cleofás, como amo de la casa, partir el pan y ofrecerlo al invitado. Y en una extraña infracción de los usos, es el invitado el que toma el pan en sus manos, como si fuera él quien hubiera invitado a los otros. Entonces lo reconocieron y el asombro los hace incapaces de articular palabra. Jesús desaparece y los dos discí­pulos se levantan y van a comunicar a sus hermanos que Jesús vive