Tres trazos


Alfredo Bryce Echenique en una pintura de un artista peruano.

MISIVA ELECTRí“NICA

Mi amigo peruano Alfredo Bryce Echenique (Un mundo para Juliusl, La felicidad, ja, ja, Huerto cerrado, La vida extraordinaria de Martí­n Romaña, etc.) en su última misiva, fechada en Londres, me dice que si no quiero condenarme a ser un marginado y miserable espectador del futuro, tendré que apretar el acelerador a fondo, revolucionar mis conceptos de desarrollo… y unirme electrónicametne al mundo rápido e instantáneo, o sea encadenarme al mundo exterior por medio, además de teléfono, de faxes, satélites, computadoras, sistemas de comunicación de fibra óptica y otras redes electrónicas. Agrega Alfredo que mi existencia lenta debo (¿debo?) unirla firmemente al mundo rápido y que no debe sorprenderme «que en este mundo de vertiginosa felicidad y novedosa concepción de los deberes ciudadanos, un bostezo de empleado, gerente u obrero en horas de trabajo, llegue a ser considerado como traición a la patria con alevosí­a y gran lentitud. Finalmente, Bryce Echenique me advierte que «el humor no es lo contrario de lo serio sino de lo aburrido» (sic).

René Leiva, colaborador

EL PATOJO Y EL VIEJO

Ya que el patojo se nos fue, el muy ingrato, sin avisarnos ni pedirnos permiso, de manera arbitraria y por demás festinada, lo único que nos queda es hacer conjuros para que no se nos vaya el viejo. Si se fue el patojo, bueno, qué le vamos a hacer, así­ es la juventud irreflexiva, pero tampoco se nos vaya a ir el viejo, porque eso sí­ serí­a insoportable, una afrenta para todos nosotros, un desdén más. De tal manera, mientras nombramos una comisión que vaya a rogarle al patojo para que regrese, que no sea pura lata, que reconsidere su determinación, nombraremos otra comisión que vaya a rogarle al patojo para que regrese, que no sea pura lata, que reconsidere su determinación, nombraremos otra comisión especí­fica que haga conciencia en el viejo para que se quede, y hacerle ver todas las ventajas de quedarse aquí­, con nosotros, quienes tanto lo admiramos, veneramos y queremos de todo corazón. Así­ las cosas, todo esto debe motivarnos para reflexionar y ver el modo de pasarnos la vida, si no encontramos una solución, de pasarnos la vida sin el patojo y sin el viejo, qué más da.

EL QUíMICO

Hoy en la mañana, a eso de las siete y medio, me encontré con El Quí­mico de la 36, enfrente a «El Divino Rostro». Estaba sentado en la acera, tiritando, abrazadas las rodillas, los ojos encendidos y un enorme reventón en el labio inferior. El sueño labrado en legaña, recordé. «Sólo me falta choca», me dijo, mirando el suelo. «Anoche soñé con el mero diablo», continuó. Cuando le di la moneda se puso en cuatro patas y gateó hasta la entrada de la tienda. Su zapato derecho no tení­a suela. «Uno del que dijimos», le gritó a Nayo, el tendero, y dejó el ficherí­o sobre el mostrador. Nayo contó el dinero con la punta del dedo í­ndice. «Faltan cinco, vos». El Quí­mico, siempre en cuatro patas, volteó la cabeza y me miró las rodillas. Coloqué otra moneda en el vidrio y entonces el tendero sacó un frasquito de alcohol, de plástico, con una cruz azul dentro de un cí­rculo. El Quí­mico regresó a su puesto, en la acera y por debajo de la camisa sacó una botella con agua. Vertió dentro el octavo de alcohol y procedió a agitar la botella con un vigor que me desconcertó. «Â¿Querés?», dijo sin verme, pero con una amplia sonrisa maliciosa. Sin esperar respuesta, se empinó la botella, casi llena, y no la soltó hasta dejarla sin gota, aunque un hilillo de lí­quido le bajó de una comisura hasta el renegrido pescuezo. Siempre gateando, atravesó la calle hasta la acera de enfrente, en donde se recostó contra una pared. Antes de cerrar los ojos y de sonarse la nariz con los dedos, me gritó: «Â¡Buena onda!» Cuando salí­a de «El Divino Rostro» con mis compras, Nayo me dio un golpe en el hombro y con un movimiento de la cabeza me señaló a El Quí­mico, quien ya dormí­a en posición feta. «Es mi obra», le oí­ decir en un susurro, muy serio, ordenando con sumo cuidado los frasquitos de alcohol. Entonces recordé, como siempre y para siempre, las palabras del Baghavad Gita, que valen para todos: «Hacer la obra, pero no afanarse por sus frutos».