En nuestra cultura la violencia contra la mujer parece moneda corriente. Eso que parece una simple percepción se constata cuando se analizan las estadísticas. Los números no mienten, nuestras familias siguen un patrón de conducta violenta sin que apenas nos de vergüenza y en los confesionarios sea materia de reconciliación.
No puedo olvidar el día que una pariente política llegó con el ojo morado a refugiarse con su suegra (otra familiar cercana con quien yo vivía) en un mar de lágrimas. Tenía yo doce años y apenas pude comprender la escena. Mi experiencia personal no llegaba a tanto. Mis padres reñían día y noche, vivían amargados mutuamente, pero nunca fui testigo de golpes físicos (aunque sí psicológicos).
Los padres muchas veces no pueden imaginar el daño causado a los hijos por la violencia en el hogar. Yo mismo recuerdo las ganas de correr, el miedo experimentado en medio de los gritos y las humillaciones infligidas, los deseos de huir y llorar. Y claro, si hay violencia con la mujer que un día se amó, imagínese el estado de terror con los hijos. Quien aporrea a la mujer, violenta también a los hijos.
Y no da pena alguna, ya lo he dicho. Con los años, he vuelto con la familia y escuchado las bromas relativas a la violencia de un macho latino contra una mujer en exceso paciente. Las risas abundan graciosamente, también si hay mujeres alrededor. Es tan habitual y generalizada la conducta que apenas permea otro tipo de discurso.
Hay casi una condena a la violencia en el hogar por el ciclo que se repite. Los hijos, salvo excepciones, no superan los modelos y terminan imitando los paradigmas aprendidos. Cosa terrible y trágica. Por eso, cualquier campaña encaminada a superar esas pautas de comportamiento es bienvenida y debe invertirse generosamente en ella. La educación es fundamental, pero la ley debe también hacer lo suyo.
Los jueces deben investigar los casos y ser severos en la aplicación de la justicia. No puede quedar impune ningún acto violento en las familias por las consecuencias trágicas que generan. En esto el Estado debe invertir lo necesario y la iniciativa privada contribuir a través de campaña que permitan producir cambios de mentalidad.
De este tipo de iniciativas depende que tengamos sociedades menos traumatizadas y seguramente países con más posibilidades de felicidad.
Eduardo Blandón