Traumática experiencia en un bus urbano


Ayer, en las primeras horas de la noche, una joven mujer que viajaba en autobús vivió posiblemente la peor experiencia de su vida cuando un grupo de maleantes subió a la unidad de transporte y empezó a asaltar a los pasajeros con la calma de quien hace eso con frecuencia y sabe exactamente cómo hacerlo. Al llegar a dos hombres que estaban junto a esta jovencita, los asaltantes fueron desafiados por estas personas que se resistieron a entregar dócilmente sus pertenencias, como ya lo habí­an hecho prácticamente todo los pasajeros, y tras un breve alegato, los delincuentes accionaron sus armas en el interior del bus matando a los que intentaron poner resistencia.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Uno lee prácticamente todos los dí­as sobre situaciones como ésta que ocurren en el interior de las unidades de transporte que son asaltadas o simplemente atacadas por sicarios que llegan con el encargo de matar a pilotos y ayudantes, pero no es lo mismo escuchar de viva voz la traumática experiencia de alguien a quien le toca presenciar un atraco a mano armada que termina con la muerte de personas que viajaban justo a un lado de quien nos hace el relato. El descontrol emocional de la patoja que sufrió esa dramática vivencia fue enorme y de poco valí­an los esfuerzos por calmarla luego de la despavorida carrera que emprendió cuando pudo bajar del bus para dirigirse a un lugar seguro. Y vuelvo a pensar cómo es que un gobierno que se dice preocupado por la solidaridad no le pone atención a ese terrible problema de la inseguridad que nos hace a todos los guatemaltecos vivir con la camisa levantada. No se puede esperar que alguien que ha vivido esa terrible situación pueda volver a subirse a un bus urbano o extraurbano sin sentir tremenda angustia y pánico porque lo que vieron sus ojos fue de tal manera impresionante que posiblemente nunca logre borrar de su recuerdo ese aciago momento en el que a su lado los asaltantes dispararon a sangre frí­a contra los pasajeros que intentaron defender sus pertenencias. Entiendo y aplaudo que haya preocupación y polí­ticas asistenciales para ayudar a los sectores de la población que históricamente fueron marginados y que nunca recibieron beneficio de ninguna especie. Pero sostengo que poco vale todo ese empeño si no se cumple con el deber fundamental de darle seguridad a los ciudadanos porque la verdad es que el valor de la vida está totalmente menospreciado en nuestro medio y esa sensación de peligro nos agobia a todos y a cualquier hora del dí­a. Se trata de un problema generalizado del que, por supuesto, únicamente se libran aquellos que pueden darse el lujo de gozar de fuertes cordones de seguridad personal, sea por su calidad de funcionarios o porque pueden pagarse tal protección. El resto de la población está indefensa y hasta actividades que tendrí­an que ser normales por su carácter cotidiano, como puede ser el viajar en el transporte colectivo o simplemente hablar por teléfono celular, pueden significar la muerte dada la incapacidad absoluta de las autoridades para garantizar la vida a los habitantes de la República de Guatemala. Cuánto hubiera dado yo para que ayer el presidente Colom o su esposa, quienes deciden la polí­tica de Estado, pudieran oí­r el dramático relato de una jovencita que pasará muchas noches sin dormir por el violento recuerdo y que seguramente cada vez que tenga que volver a viajar en un autobús sentirá pánico. Pero a las reservadas alturas de nuestros funcionarios apenas llegan los elogios lambiscones y nunca el drama cotidiano.