Tras una buena vida en Brasil


Ronnie Biggs, que debe ser excarcelado hoy, se hizo famoso gracias al «robo del siglo XX» pero también por los 36 años que pasó fugitivo, la mayorí­a viviendo una existencia de novela en Brasil mientras jugaba al gato y al ratón con las autoridades de su paí­s.


Gravemente enfermo de neumoní­a en un hospital donde los médicos creen que «no hay mucha esperanza» de que se recupere, Biggs recuperará la libertad que perdió en 2001 cuando, arruinado, cansado y ya con problemas de salud, se entregó voluntariamente a la Justicia británica e ingresó en prisión.

El primer capí­tulo de la novela de Biggs, nacido en Londres en 1929, empezó a escribirse en la madrugada del 8 de agosto de 1963, dí­a de su 34 cumpleaños, cuando con otros 14 cómplices protagonizó el audaz asalto al tren postal Glasgow-Londres, que pasó a la historia como el «robo del siglo XX».

Los atracadores se apoderaron de 120 bolsas de billetes de banco usados y se repartieron un botí­n sin precedentes de 2,6 millones de libras, que hoy equivaldrí­a a una enorme cantidad de dinero.

Detenido un mes más tarde y condenado a pasar 30 años tras las rejas, Biggs se fugó de la cárcel 15 meses después descolgándose por una cuerda y saltando sobre un camión que le abrió las puertas a su nueva vida.

Tras una primera etapa en Francia, donde se sometió a una operación de cirugí­a estética, estuvo una temporada en España y otra en Australia, antes de llegar a Brasil en 1970, pasando por Panamá, Argentina y Bolivia.

Como Brasil no tení­a tratado de extradición con Gran Bretaña, Biggs se instaló con su primera esposa y sus dos hijos en Rio de Janeiro, donde vivió con lo que le restaba del botí­n y lo que ganó gracias a su notoriedad.

Y a juzgar por su autobiografí­a, «The Odd Man Out», publicada en 1994, sus declaraciones y las fotos en las que aparecí­a a menudo acompañado de bellas mujeres, se lo pasó en grande.

Aunque también vivió sobresaltos. Cuatro años después de su llegada a Rio, en 1974, un policí­a halló su rastro y amenazó con poner fin a su exilio dorado.

La operación, sin embargo, se frustró al descubrirse que su novia, una reina del striptease llamada Raimunda con la que años después -en una cárcel británica en 2002- se casarí­a en segundas nupcias, estaba embarazada de su tercer hijo, Michael, lo que para Brasil la hací­a imposible.

«Si pensaba que iba a tener una vida tranquila en Rio, estaba muy engañado», declaró por aquel entonces en Brasil, donde su casa en el bohemio barrio de Santa Teresa se convirtió rápidamente en una atracción turí­stica.

En 1981, Biggs fue secuestrado por un grupo de mercenarios y apareció en un yate en Barbados, pero sus abogados consiguieron que la Justicia de la isla caribeña lo devolviera a Brasil alegando un fallo en el proceso.

Cuando los británicos volvieron al ataque en 1997, tras la firma de un tratado entre ambos paí­ses, la Suprema Corte Brasileña decidió entonces que para ellos el caso habí­a prescrito.

Durante sus años en Rio, Biggs fue muy activo: montó un restaurante y una página de internet, en la cual vendí­a fotos, camisetas y otros recuerdos.

También escribió su autobiografí­a y una novela, participó en anuncios publicitarios -uno de ellos de ropa interior femenina en el que aparecí­a envuelto en una bandera británica rodeado de bellas jóvenes- y hasta cantó con los Sex Pistols el tema «Nadie es inocente».

Pero en 2001, solicitó oficialmente regresar a Gran Bretaña para terminar de purgar su pena, y declaró al diario The Sun que antes de morir querí­a tomarse una cerveza en Margate, una conocida localidad costera del sur de Inglaterra.

Aunque a partir de hoy Biggs volverá a ser un hombre libre, probablemente no podrá cumplir su sueño. Su hijo Michael dijo la semana pasada que lo que esperaba era que «viva suficiente para ver su 80 cumpleaños», este sábado.