Centenares de gorriones chillan alrededor de las alambradas del Campo de Prisioneros Cropper y adentro grupos de detenidos, en uniforme amarillo, discuten fumando cigarillos, mientras otros lavan trastos o juegan con balones.
El mejor alumno del maestro iraquí Imed, Hussein, de 15 años, nunca falta a clase y escribe ensayos complejos sobre el segundo califa, Omar Ibn Al Jataab, muestra atención en clase y siempre se porta bien.
Cuando fue detenido por los militares norteamericanos, hace cuatro meses, era casi analfabeto y colocaba bombas.
Imed, que sólo da su nombre y se niega a revelar el lugar donde enseñó durante 21 años por miedo a represalias, es uno de los 18 maestros de la «Casa de la Sabiduría» para detenidos juveniles en el Campo de Prisioneros Cropper, una prisión militar estadounidense que se encuentra cerca del aeropuerto de Bagdad.
Esta instalación educativa que costó varios millones de dólares, protegida por espesos muros de concreto y grandes portones naranja, abrió en agosto pasado como parte del proyecto para modernizar las prisiones de seguridad norteamericanas en Irak.
La escuela, equipada con cuatro canchas de fútbol, 18 salas de clase y una biblioteca, posee televisores, libros de texto, pizarrones, filas de escritorios y mesas, y muy pronto contará también con computadoras.
Unos 360 adolescentes, incluyendo a Hussein, se inscribieron en las clases, de un total de 620 detenidos de menos de 18 años en el Campo de Prisioneros Cropper.
Llevan monos color naranja que recuerdan los uniformes de los sospechosos de terrorismo en la prisión norteamericana de la Bahía de Guantánamo (Cuba), y todos son considerados amenazas a la seguridad por los militares norteamericanos. Los detenidos adultos llevan uniformes amarillos.
Según los comandantes, la mayor parte de los jóvenes –algunos de los cuales tienen sólo diez años– fueron atrapados fabricando y colocando bombas a lo largo de las rutas o ayudando a los francotiradores. Algunos eran combatientes y llevaban armas.
El general Douglas Stone, comandante de las prisiones de seguridad estadounidenses en Irak y principal mentor de la Casa de la Sabiduría, sostiene que un programa de deportes, árabe, inglés, matemáticas, ciencias, geografía y educación cívica ayudará a combatir esa ignoracia que proporciona un terreno fértil para el extremismo.
El maestro Imed, de 45 años, que vive en una casa rodante cerca de la Casa de la Sabiduría, afirma que en sólo cinco meses se registró un cambio radical en el comportamiento.
«Cuando recién llegaron a la escuela no prestaban atención y tenían problemas de comportamiento. Muchos eran analfabetos y habían recibido muy poca educación», agregó.
Ahora, de acuerdo con Imed, su capacidad de atención ha aumentado, muchos aprendieron a leer y escribir y parte de su trabajo, como el ensayo de Hussein sobre la forma en que el segundo califa ayudó a alimentar a una familia hambrienta, comienza a mostrar un pensamiento más profundo.
El director de esta instalación, el capitán norteamericano Robert Warden –un ex profesor de liceo de Utah– afirma que aunque en la prisión los sunitas y los chiitas están separados, en la clase están totamente integrados.
«Al principio los chiitas se sentaban en el fondo de la clase y había muy poco contacto entre ellos. Nosotros decidimos que se sentaran todos mezclados. Ahora rezan juntos, comen juntos y juegan al fútbol juntos», explica.