Tras la noticia


A pesar de quienes sostienen que siempre culpamos de todas nuestras desgracias a los Estados Unidos, detrás de la actual situación en Bolivia, se encuentran precisamente, los intereses, ya no de esa gran nación, sino de los enormes poderes económicos «acuartelados» detrás de la administración fascista de Bush y compañí­a. Y no es historia reciente. Los planificadores de la geopolí­tica mundial, preparan las escenas apropiadas para que las situaciones aparezcan como reales, como producto de problemas del momento. Pero tras ellos, se encuentran los movimientos que lleven al cumplimiento de esos objetivos perversos, que incluyen al poder que hospeda a esos grandes intereses: los Estados Unidos de América.

Carlos E. Wer

Esta columna, desde hace años, publicó el mapa preparado (1898) por Joel Garreau financiado por la Royal Dutch Shell, mediante el cual se destacaban la presencia de riquezas naturales a explotar, lo que exigí­a la desmembración de aquellos paí­ses en los que esas riquezas eran apetecidas por esa empresa «engarzada» con otras seis a quienes llamaron «las siete hermanas» y que aún representan enormes poderes económicos. Para ello Garreau proponí­a 31 paí­ses en el continente. Uno de esos paí­ses era Bolivia.

En 1990, John Reed del Citibank declaraba desde Brasil que «Perú y Bolivia» desaparecerí­an. Más recientemente, en junio de 2004, la revista Latin American Outlook del American Enterprise Institute publicaba un artí­culo, el que con el tí­tulo de «The last days of Bolivia (Los últimos dí­as de Bolivia) cuyo autor Mark Falcoff sentenciaba que «de mantenerse las presentes tendencias actuales, podrí­amos presenciar la primera alteración a gran escala del mapa polí­tico de Sudamérica en más de 100 años.» La verdad detrás de los movimientos separatistas encabezados por lí­deres del departamento de Santa Cruz, tiene nombre y apellido: gas natural y petróleo. Los enormes yacimientos de esos importantí­simos recursos, han sido codiciados por intereses transnacionales, especialmente británicos. Falcoff sostení­a que la creación de la «República de Santa Cruz» contaba con el influyente apoyo del AEI.

Las asociaciones santacruceñas, apéndices de la Sociedad Mont Pelerin manejadas por la Fundación Atlas con sede en los Estados Unidos, son directamente financiadas desde ese paí­s con la intención de alcanzar su objetivo: desmembrar a Bolivia, dejando en la nueva república los recursos que pretenden explotar. El presidente boliviano Evo Morales no ha estado desencaminado cuando ha señalado «intereses extranjeros» tras la oposición santacruceña. Una nueva ronda de huelgas y protestas contra el gobierno, quien a través de la nueva Constitución trata de rescatar para los bolivianos el beneficio de sus recursos, vuelve a poner en el tapete polí­tico los intereses detrás de la AEI.

El dicho popular nos alerta a los guatemaltecos: «cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas a remojar». El problema de Belice ha sido nuevamente traí­do a colación. Se recurrirá a la Corte Internacional de La Haya y finalmente «para cumplir con la ley», se convocará a la «Consulta Popular». ¿Consulta popular, cuando los polí­ticos traidores y gobiernos de alfombra han permitido años de «domesticación geográfica», al presentar, aún en los textos escolares el mapa cercenado de nuestra nación? ¿Para cuántos guatemaltecos el caso Belice es un «caso cerrado»?

Con nosotros sucederá, no lo mismo, sino la integración a una nueva nación que según Joel Garreau se llamarí­a «Mexamérica», ¿o PPP?