Ayer y hoy los medios han hecho eco de la muerte de decenas de inmigrantes, principalmente africanos, en la isla de Lampedusa, en territorio italiano, y no es para menos, porque las impactantes y estremecedoras imágenes muestran la larga fila de cuerpos de los inmigrantes tendidos en el suelo, luego de ser rescatados sin vida.
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La embarcación se quedó a la deriva y luego, para llamar la atención de otros barcos en busca de ayuda, los tripulantes intentaron hacer señales con fuego pero finalmente provocaron un incendio que concluyó en la zozobra del grupo, según han indicado los informes preliminares de la investigación.
Este triste suceso es solo un capítulo más de la tragedia permanente que se vive en una de las varias entradas de inmigrantes a Europa, pues se estima que desde 1990 hasta principios de 2013 han perdido la vida 8 mil personas tratando de cruzar el Canal de Sicilia.
En el caso de Guatemala, nunca hemos conocido sucesos en los que una cifra tan alta de inmigrantes haya muerto durante su recorrido hacia el Norte, pero eso no significa que no ocurran sucesos tan tristes y dolorosos como el de Lampedusa.
Cada día decenas de guatemaltecos tienen que dejar su tierra para buscar oportunidades de trabajo en el extranjero, aunque eso implique abandonar a sus seres queridos y jugarse la vida ante una gran cantidad de peligros y obstáculos. ¿Y qué pasa después? Nadie lo sabe.
No podemos cifrar con exactitud cuántos guatemaltecos salen del país sin documentos y tampoco cuántos llegan en la misma situación con vida a México o Estados Unidos, y por eso solo suponemos que algunos tendrán la suerte de cumplir con su objetivo, mientras que muchos se quedan en el camino.
Víctimas del crimen organizado, las injusticias de las fuerzas de seguridad fronterizas o de los peligros del desierto, los indocumentados mueren por cientos y en el país jamás nos enteraremos de su suerte; como si las víctimas no fueran parte de nuestra sociedad, simplemente evitamos este tema.
Para la mayoría de guatemaltecos las muertes de los inmigrantes pasan desapercibidas y son irrelevantes, pero las familias de las víctimas viven a diario la pesadilla de no saber sobre la situación de su ser querido.
Cada familia con un inmigrante muerto o desaparecido vive su propia “lampedusa” en silencio, sin la atención de los medios y mucho menos del Gobierno. Es una tragedia a cuentagotas que a pocos les importa.
En el país nos acostumbramos a las tragedias al punto que permanecemos inmutables ante el sufrimiento de otros guatemaltecos y volvemos la mirada ante un problema que es de todos.
Es necesario que la diplomacia trabaje a toda marcha para mejorar las condiciones de vida de los migrantes y faciliten su regularización en Estados, pero más que una reforma migratoria estadounidense, necesitamos una reforma social en Guatemala, para que los guatemaltecos no se vean obligados a abandonar el país.
Es fácil culpar por este problema a México o Estados Unidos, pero la verdad es que la causa principal de la migración está en nuestro propio país y parece que hasta ahora no hay un esfuerzo claro para solucionar el problema y evitar la fuga de más guatemaltecos que buscan el sueño americano.