Semana Santa está precedida por la época cuaresmal, y culmina con la Pascua de Resurrección. Que a criterio teológico de San Pablo, de no haber sido, vana sería la Pasión de Jesucristo. He ahí algo primordial en el contexto mismo del espíritu que enmarca su basamento firme.
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Hace acto de presencia la Semana Santa una vez más. Su inconfundible característica de movible genera muchas expectativas en el ambiente nacional, enmarcada fielmente en la liturgia. Se ponen de manifiesto solemnidades que ganan a pulso fama más allá de las fronteras delimitadas del país.
Esa trascendencia evidente tiene asiento en los actos penitenciales y devotos, de parte directa de la feligresía. Es de hacer notar que las tradiciones religiosas en mención, mueven multitudes que resultan inusuales en tiempo ordinario, donde se marcan vacíos en los templos, sin duda alguna.
En Guatemala la Semana Santa sirve de natural exposición de las artísticas y vistosas alfombras de aserrín, pino, flores y corozo, tendidas al paso de los impresionantes cortejos procesionales, amenizados por bandas numerosas. Bellas imágenes talladas desde hace tiempo atrás, son admiradas a lo largo y ancho de las vías por propios y extraños.
Tan solemnes conmemoraciones constituyen un centro de interés y foco de atractivo turístico que fluye notoriamente al hacerse realidad. Lo mismo en la ciudad capital como ciudades de alcurnia, entre ellas: Antigua Guatemala y Quetzaltenango. Esa corriente beneficiosa debe ser bien atendida y estimulada.
Debe ser motivo de trato especial, a título real de generador de las deseables divisas, pero sobre todo, las autoridades competentes y conscientes de ello, tienen que redoblar las medidas de seguridad y protección. A fin de evitar que los delincuentes los despojen de sus pertenencias, y algo peor, resulten violadas las damas.
La población devota hace preparativos con antelación y mucho entusiasmo, en el orden espiritual y material, año durante las conmemoraciones de la Semana Santa o Semana Mayor. Que al conjuntarse conforman expresiones colectivas del todo perceptibles, a manera de tradiciones muy especiales y admiradas.
Si antaño «el estreno» encabezó una costumbre ya olvidada, a parte de las delicias gastronómicas, los cambios fruto del inexorable poder evolutivo, muestran otros intereses y apetencias. Tocante a esto, recién abrieron las puertas en sentido muy diferente, a tono con los fenómenos económicos en desventaja.
No puede obviarse el hecho patente que desde años atrás la Semana Santa trocó por el público propenso a las modas foráneas, su denominación por Vacaciones de Verano. De consiguiente, playas y balnearios, amén de sitios de gran atractivo ecológico, son tomadas por asalto, o bien visitadas por grandes multitudes.
A eso se atribuye con sobrada razón los incontables accidentes y percances automovilísticos; además, igual número de muertos, heridos, ahogados y desaparecidos. Con lo cual el materialismo busca desorientar el espíritu devoto y penitencial, gracias a ser el descanso más largo del año, no cabe la menor duda.
En ese orden de ideas tampoco puede ocultarse que la Semana Santa en nuestro medio también tiene otro sesgo visible. Los cambios conductuales hoy en día apuntan a una clara y dominante demostración del consumismo en cantidades industriales, que invade y deja sin fondos a la población encandilada hasta el cansancio.