Tradición y Ambiente


Creemos en la preservación de aquellas tradiciones importantes para los guatemaltecos, especialmente las relacionadas con la espiritualidad de nuestro pueblo. Sin embargo, es muy importante entender que algunas de ellas han entrado en colisión con la necesaria preservación del medio ambiente y por lo tanto tienen que ser objeto de una profunda revisión.


Empezando por la tradicional Quema del Diablo, que se celebra todos los 7 de diciembres a las seis en punto de la tarde, y que ha sufrido transformaciones perniciosas por el tipo de material que al que se prende fuego. Antaño era costumbre que se recogí­a hojarasca y se juntaba con pequeños promontorios de papeles y otros desechos sin componentes quí­micos, que eran pasto de las llamas en hogueras alrededor de las cuales se reuní­an las familias para despejar de la maldad el ambiente para preparar el Nacimiento de Jesús. Con el tiempo, esas hogueras se fueron convirtiendo en promontorios contaminantes que hacen tremendo daño al ambiente y a los guatemaltecos, por lo que es importante revisar la práctica.

Las iniciativas que han tomado grupos particulares para recomendar cambios en la forma de quemar al diablo nos parecen de suma importancia y dignas de aplauso, especialmente la que promueve la Fundación Castillo Córdova que intenta preservar la tradición pero con actitudes no lesivas al ambiente ni a la salud pública.

Creemos que iguales iniciativas se tendrí­an que tomar en cuanto a otras costumbres que son sumamente peligrosas y dañinas para la población, como es la de la quema de cohetillos durante estas fiestas de fin de año, puesto que no sólo producen un nivel insoportable de contaminación por ruido, sino que además constituyen un peligro permanente porque en Guatemala no hay control de calidad sobre los juegos pirotécnicos o fuegos artificiales y por ello es que todos los años vemos que se tiene que atender a miles de personas que sufren lesiones o hasta la pérdida de la vida como resultado de la explosión accidental de los artefactos, generalmente por defectos de manufactura.

Aparte está el impacto económico que tiene esa tradición de literalmente quemar el dinero con los cohetes, puesto que muchas familias dedican gran parte de su presupuesto para las fiestas a la adquisición de artefactos explosivos que forman parte de esa costumbre ruidosa que es distintiva de un pueblo generalmente silencioso, que todo lo soporta con estoicismo, pero que encuentra en el bullicio de las coheterí­as una forma de manifestarse de manera estruendosa.

Preservar las tradiciones y cuidar el ambiente no son cuestiones totalmente incompatibles y lo demuestran iniciativas como la que ahora hay para quemar al diablo con criterio ecológico.