Trabajar para sobrevivir, en pleno siglo XXI


ramiro-mcdonald

Si hacemos una comparación entre aquel obrero de la Revolución Industrial, hoy se sufre de la misma angustia social, pues el hombre simplemente siente que trabaja para sobrevivir. Y si encima de eso, la mayoría viven endeudadas, ya solo se trabaja para pagar deudas. Las personas solo ven pasar el dinero, y a veces ni lo ven, solo lo trasladan de una cuenta a otra.

Ramiro Mac Donald

 


El ser humano contemporáneo, que goza de los beneficios del siglo XXI, está tan enajenado como aquel obrero de principios de la Revolución Industrial. Su fuerza de trabajo es vendida al mejor postor, ahora que la flexibilidad e inestabilidad laboral está a la orden del día. Durante muchos años, hubo empleo, situación de retiro, pensiones de vejez, hoy todo eso ha desparecido con la globalización laboral.
 
    Si antes el trabajador, según Karl Marx, en seis horas lograba hacer todo su sueldo de un mes, hoy posiblemente en apenas unos minutos, los grandes capitales pueden lograr que se multiplique por millares cada instante que el laborante está dedicado a trabajar. Las condiciones han variado para el trabajador… pero para empeorar, no para mejorar. 
 
    Hoy más que ayer, el capital más importante es el hombre. Pero el ser humano instruido. Sigue teniendo vigencia la idea que el hombre es un capital viviente, su pensamiento, su experiencia, valen dinero… así como su escasa experiencia, su incapacidad y su poca instrucción valen, lo poco que nadie querrá pagar. Esa sería su desgracia, haber nacido pobre, porque continuará siendo pobre toda su vida y posiblemente también sus hijos y nietos. El que nace con capital social, lo acrecentará. El que no lo tiene, le costará mucho hacerse de uno, si es que lo logra.
 
    Esa enajenación, que el marxismo lleva al extremo al denominarlo, alienación, es porque al final y al cabo, los hombres que viven en el sistema capitalista, se sienten “cosas”, no seres humanos. Son tratados como dinero, productores de dinero, consumidores de dinero, que viven y hasta matan por el dinero. 
     
    En el pasado, los trabajadores conocían a quienes los contrataban y sabían del proceso productivo de su trabajo, aunque a veces solo conocían parte de la cadena de producción. Eso les causaba angustia laboral. Hoy es más marcado ese aspecto, con el teletrabajo. En el trabajo a distancia, mediado por un computador, hay personas que trabajan en el mundo globalizado que nunca se verán frente a frente, o  talvez lo harán alguna vez por medio de un monitor o talvez se escucharán por medio de un aparato telefónico. Hoy muchos trabajadores tecnólogos no saben cuál va a ser el final de su trabajo, porque la cadena puede resultar interminable, y su subproducto puede viajar de país a país, y no saber cuáles serán los componentes finales, de un producto que jamás se enterará de cómo resultó. Eso es un ejemplo de enajenación globalizada en lo laboral. 
 
    La desaparición casi total de los sindicatos, que en un principio fueron elementos de apoyo y resguardo de los derechos de los trabajadores (aunque en muchos casos se hayan desvirtuado sus funciones) es otro producto de la distorsión de las relaciones-obrero patronales. El sindicalista velaba por muchos de los antiguos derechos hoy desaparecidos por obra y gracia de la globalización: el trabajo tiene casi una dimensión de oferta de un día: es una simple oportunidad semidivina; si no se acepta como la plantea el gran capital, sin posibilidad alguna de mediación sindical o de negociación, ya no digamos exigencias de parte del sector obrero porque si no va adjunta con antiguos derechos, se cierra la puerta de inmediato. Se somete a lo que el capital quiere, o no. Simple: afuera hay una fila de más jóvenes que lo harán por menos dinero, más eficiente y con menos derechos laborales. La alienación está por todos lados. Eso genera inconformidad entre los individuos, genera malestar social. Anomia la denominó Emilie Durkheim, un fenómeno que no permite que los miembros de la sociedad, alcance sus principales fines culturales,  como sus máximos deseos y esperanzas 
      
Claro y entonces se pasan los semáforos en rojo, se dejan de pagar impuestos, vale todo pues si la casta política irrespeta la Constitución, se roba el dinero del pueblo, plantea  candidaturas a la Presidencia que son ilegales, los diputados no trabajan, la vida es una verdadera porquería. ¿Anomia? Todo esto crea malestar social y problemas por todos lados: una delincuencia desenfrenada, una violencia que azota en cada esquina. Te matan en cualquier carretera. Y cada puerta es un volcán a punto de estallar.  Una familia sin trabajo se dedica al pillaje, al submundo de las drogas, al vandalismo.  ¿Estaremos viviendo en una anomia? ¿Ese es el progreso que prometía el modernismo?