La semana pasada falleció en Nicaragua el último fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Tomás Borge Martínez. De pequeño, según el catecismo que nos enseñó el Frente, aprendimos que quienes dieron vida a los sandinistas fueron Carlos Fonseca Amador, Santos López, Germán Pomares Ordóñez, Silvio Mayorga y Tomás Borge Martínez.
Todos habían muerto ya, excepto Borge Martínez, quien era una especie de ícono viviente para los seguidores del partido que está en el poder en Nicaragua.
La noticia no dejó impertérrito al país. La esposa de Daniel Ortega, Rosario Murillo, dio la noticia con sollozos e inauguró el lagrimeo que los sandinistas (los de corazón y los que vivimos del absurdo recuerdo) vivimos por un acontecimiento que se veía venir. El resto fue lo mismo de siempre: luto nacional, banderas de moco caído y discursos a granel. El mismo patrón que se sigue para despedir a un héroe.
Luego vino la solidaridad. La visita de los políticos amigos de la Revolución: Ramiro Valdez, comandante de la revolución cubana, Nicolás Maduro, canciller venezolano, Ricardo Patiño, canciller ecuatoriano, Sigfrido Reyes, presidente de la Asamblea Legislativa de El Salvador y la guerrillera salvadoreña Nidia Díaz, del Parlamento Centroamericano. También se congregaron, Martín Torrijos, expresidente de Panamá, Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz (nuestra paisana), el comandante Pablo Monsanto (también paisano) y el mexicano Gustavo Carvajal, entre tantos otros.
Lo que demuestra que el también poeta y periodista (además de guerrillero consumado) era importante en el ranking de personajes públicos. Por lo que a mí respecta experimenté sentimientos encontrados por su desaparición física. Encontrados porque guardo en lo más recóndito de mi corazón ese discurso escuchado una y mil veces por los sandinistas que me vuelve sensible hacia los héroes de la revolución nicaragüense. Fueron mis primeros santos en el altar espiritual de mi alma. Y vivo esos recuerdos, como quien evoca sus años de monaguillo, vistiendo la sotana, santiguándose y haciendo genuflexión.
La liturgia de mi infancia fue cantar los himnos del Frente Sandinista. Los entonaba de corazón, a pecho partido, casi gritando. No sólo pertenecí a la Asociación de Niños Sandinistas Luis Alfonso Velásquez (ANS), sino que participé en varias protestas, en su momento, por la invasión de Inglaterra a Argentina (el problema de las Malvinas). Mis modelos de infancia fueron ese puñado de jóvenes que formaban parte de la Juventud Sandinista 19 de Julio (JS). Mi futuro, según me decían en aquella época, era viajar a Cuba, a la Isla de la Juventud, para formarme y comprometerme con el país.
Los años pasaron y la revolución me volvió ateo de ese proyecto que consideré traicionado. Pero nunca he podido, con el tiempo, separarme del espíritu genuino de unos ideales que me parecen aún del todo rescatables. Así, compartí la filosofía de Giulio Girardi quien escribió en los años 80 el libro “Sandinismo, Marxismo y Cristianismo”, en el que afirmaba que se podía sostener ese mélange, como se dice en guatemalteco, “sin ninguna pena”.
Por eso la noticia de la muerte de Tomás Borge me ha hecho moquear internamente (como a Chayito Murillo, la esposa de Ortega). No porque crea que se ha ido un santo profano y quedamos huérfanos de padre, sino porque fue uno de esos personajes que en su momento amó Nicaragua y ofreció su vida como solo un alma enamorada puede hacerlo. Tan solo esto es admirable y los jóvenes deberían imitar a las almas apasionadas. Borge fue uno de esos chiflados por una convicción: un país libre y una nación dichosa.