Una de las tesis fundamentales de la filosofía de la historia de Walter Benjamin, expone que en la tradición de los oprimidos y en la situación actual de la exacerbación del capitalismo, vivimos de hecho en un estado de excepción permanente, si se toma como el momento en que el derecho asume que debe hacer un alto en la institucionalidad jurídica, para poder restituir la misma. En otras palabras es el rompimiento de la norma para hacer que la norma se cumpla. Bajo esta concepción, escenarios como el hondureño recrean un estado de excepción generalizado, en el que se suspende el orden jurídico para recomponer la normalidad jurídica. Parece una contradicción pero es más bien una paradoja, porque la democracia parece difuminarse en absolutismo y la polarización no es ideológica sino entre la política y el imperio de la ley; entre la vida y el orden jurídico.
Esta noción de ruptura del orden jurídico, es realmente de utilidad para plantear a la luz de las ideas de Sergio Tishler, al respecto de una noción distinta de lo que asumimos como crisis en el marco de una concepción diferente, o por los menos más consciente, de nuestra propia complejidad como sociedad, y de las formas de expansión capitalista. La ruptura del orden jurídico bajo la forma «estado de excepción» que vive Honduras por ejemplo, no es en este plano de ideas un evento aislado o particularizado en la historia de ese país, es más bien la expresión relativizada en el tiempo que no es tiempo lineal, de las contradicciones y antagonismos de la generalidad de su sistema.
Esto da marco a la conveniencia de aprovechar esa visión totalizante del sistema democrático, como lente para concebir que la noción de crisis es hegemónicamente inducida desde un lugar que es «arriba» y por unos que son «ellos». Lo que quiero explicar en otras palabras es que la crisis no es un evento aislado en una línea del tiempo tradicional, sino es la totalidad de las contradicciones como producto de las interrelaciones antagónicas del capitalismo.
La crisis entendida sobre esta dimensionalidad, no es por supuesto solo financiera, es universal, y el objetivo es la estabilización de las formas de expansión del modelo capitalista, para lo cual se vale tanto del mercado que es transacción, como del estado que es interrelación social, y no una entidad mítica que regula y ordena. Dicha expansión está empezando a adquirir formas violentas que exacerban la expropiación de la calidad de «sujeto» a la sociedad civil organizada, para convertirla en «objeto». Por esta razón la crisis debe ser asumida por el «nosotros» para situarse en una condición de resistencia.
Entonces, bajo este paraguas de comprensión, el diferendo entre Micheletti y Zelaya tiene de trasfondo la salvaguarda del Estado y del mercado como agentes que asegurarán la expansión, y por lo tanto la salvaguarda de la institucionalidad democrática, pero ese trayecto no pasa por mejorar las condiciones socioeconómicas de los hondureños que defienden al uno y otro, y de allí la preocupación y la defensa mundial y no porque sea un mercado valioso sino por lo que significa en términos simbólicos amenazar a los agentes indicados, lo cual sería una «mala» señal.
En ámbitos como el de Guatemala donde las relaciones son precapitalistas, la acción del mercado y del Estado se ve entorpecida por el aprovechamiento desbocado de la oligarquía local. Ese es el nudo de contradicción máxima de los libertarios pro reformistas y al mismo tiempo es quizá la ventana de oportunidad para una resistencia social, lo cual no exime de todos modos de los impactos globales de la expansión capitalista a través de su carácter depredatorio y destructivo de la humanidad, la cual me temo ha entrado en su fase final, justo antes de una crisis civilizatoria.