No es religiosa, pero todos los días trata de encontrar la fuente divina que le brinde protección a su esposo. í‰l, labora desde hace cinco años pilotando un autobús en la zona 5. Ya perdió la cuenta de las veces que ha sido asaltado Alberto; él, dejó de contarle para no preocuparla más.
lahora@lahora.com.gt
María, nombre que usa para no revelar su verdadera identidad, relata su agonía diaria al saber que una de las víctimas de esta ola de violencia en el transporte público podría ser su pareja. Un testimonio de las personas que sufren la agonía de que en cualquier momento asesinen a su pariente.
-Pregunta: ¿Han pensado que abandone este trabajo?
– Respuesta: Sí, muchas veces. Pero dígame ¿dónde? Este trabajo les ha dado educación a nuestros hijos y nos ha mantenido alimentados. Ahora ya no sabemos qué hacer, porque es la única opción de trabajo que él tiene.
– P: Pero se ha convertido en un riesgo latente, ¿Qué siente cuando escucha que han matado a un piloto?
– R: Me he acostumbrado a seguir las noticias. Ahora veo los noticieros y escucho la radio. Me he vuelto una paranoica. Cuando dicen: «piloto muerto», el corazón me late con fuerza y no descanso hasta saber que no se trate de mi esposo.
-P: ¿Cuánto más puede aguantar viviendo así?
– R: Todos los días le vemos la cara a la muerte. La saludamos. Nos hemos resignado a vivir así. Hablan de reforzar la seguridad, de proteger a los pilotos, pero nunca vemos nada. Clamamos por seguridad y no la dan. En Guatemala estamos condenados a morir, en cualquier momento.