Este año quería empezarlo bien. Al menos, bien. Sí. Respirar profundo sintiendo el aire envolviendo los pulmones y oxigenando cada parte de mi cuerpo. Relajarme y poner la mente en un blanco total. Pensar, cuando menos en las primeras horas que arrancan con la precisión aguda del tiempo, que sigo conservando tantas cosas que me alientan a continuar en el camino.
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Es extraña esa sensación que se deja percibir cada inicio de año. Es como un ciclo interminable, un medio de transporte en el tiempo. Una renovación de energías que le dan vida a un amasijo de ideas bienintencionadas para entretener los momentos de tranquilidad interna y dejar sentir que las cosas pueden ser distintas. Que el entorno de indiferencias y desencantos que nos regalan a diario se puede transformar en otra cosa. El relevo de la docena de meses nos hace poner los pies en el suelo por instantes y elegir entre las escasas oportunidades la más idealizada forma de vida.
Me sucedió cuando puse los pies fuera de casa. Tiene valor lo que el viento frío vale y lo que el rayo de sol vale. «Este es el año», pensé, justo en el momento en que los matutinos anunciaban fuertes ventarrones y bajas temperaturas. «Es sólo un chiflón, nada más», justifiqué, cuando el vendedor de periódicos insistía en que la energía sería racionada por los estragos del día anterior. «Qué más da, más tiempo para compartir con la familia en la oscuridad», reflexioné. Un anhelo dirigido a empezar al fin el año animado, cuando por la radio la ronca voz del locutor, alarmado, anunciaba un sismo de grandes proporciones. «Hacía tiempo que no temblaba la tierra de esa forma», intenté calmarme de una posible alteración. Todo empieza y todo tiene un final, no había razón para preocuparme por esas noticias, no tenía porqué amargarme mi buen inicio de año atendiendo las desafortunadas informaciones de la Prensa que se empeña en acaparar la atención utilizando siempre el hecho más candente.
De pronto, la resaca del año viejo comienza a tener su efecto. Y de nuevo el miedo. Las cifras y el ritmo renacen aquel sentimiento que había olvidado en esos instantes de inicio alentador. Los medios se han encargado de devolverme a la realidad en la cual 50 jóvenes menores de 23 años son asesinados al mes, en donde el salario mínimo ahoga a los cansados trabajadores, en donde la justicia es adormecida por un parsimonioso sistema, en donde los autobuses siguen siendo blanco de asaltos, en donde la excusa del incremento de gasolina empuja los precios de lo que nos llevamos a la boca, en donde se me olvida que tenemos derechos, pero quién soy yo para decirlo. Es cierto, el año comienza a tomar su ritmo.