Tocando fondo


En los procesos electorales que se han verificado en los últimos 20 años, cuyos ganadores en su orden fueron Serrano, Arzú, Portillo, Berger y Colom, se nos mantuvo el fabuloso sueño del «ahora Sí­». Ahora sí­, se manejará con probidad el erario: nos gobierna una persona con sólidos principios religiosos; ahora sí­, saldremos adelante (tendremos la oportunidad), nos gobierna un empresario exitoso; ahora sí­, se superarán las asimetrí­as derivadas de los procesos productivos (sí­ se puede), nos gobierna un polí­tico académicamente preparado; ahora sí­, el más simpático de la alcurnia criolla, nos gobierna, es tan noble, es tan bueno que todo será mejor (con él ganamos todos); ahora sí­, nos gobierna el tecnócrata con más conocimiento de la cosa pública, (el mejor plan de gobierno). Al grupo hay que incorporar al «Defensor del Pueblo», a De León Carpio, que llegara precisamente por los excesos y desviaciones en el manejo de los fondos públicos, perpetrado por Serrano. Y a partir de ese «paréntesis» entre el mensaje ofrecido y los resultados alcanzados, hay que agregar más espacios derivados de promesas incumplidas. Y llegamos a nuestra cruda, lapidaria y desmoronada realidad actual: hemos tocado fondo. Lo estamos tocando. Y peor aún, no pareciera que nos diéramos cuenta de ello, de sus implicaciones y de lo que tendrí­amos que hacer al respecto.

Walter Guillermo del Cid Ramí­rez
wdelcid@yahoo.com

Ayer, la «Asociación de Amigos del Paí­s», con su campo pagado, mediante el cual exige «realizar una valoración acerca de la utilidad y provecho que pueda tener la liberación de delincuentes convictos y peligrosos», respecto de la aplicación de la figura del «colaborador eficaz», pone de manifiesto una parte importante del por qué las cosas aquí­ han funcionado parcialmente equivocadas. Veamos: si la utilización de las pruebas aportadas por el colaborador eficaz, están en consonancia con los intereses de las personas afines, allegadas, ligadas, vinculadas o colaboradoras de quienes como los «Amigos del paí­s», dicen expresar, entonces no hay problema. Pero si tales declaraciones o aportes van en sentido contrario, entonces, la ley no está siendo aplicada en forma correcta, mucho menos «pronta y cumplida».

Vemos entonces como el sesgo, la tendenciosidad, en una palabra, la maldad (reiterada) de unos pocos, se ha empleado para distorsionar el potencial del paí­s, el caudal de oportunidades y las grandes posibilidades de encontrarnos ante un eventual estadio diferente y sobre todo con mejores condiciones de vida para todos. Ha sido de particular y reiterado empleo el señalar al polí­tico como el exclusivo responsable de llevarnos al terreno de las quimeras (los sueños y las fantasí­as derivados de los discursos de campaña electoral), pero lo que no se nos ha explicado es que en tanto el polí­tico dependa de oscuros financiamientos, eso no cambiará ni un ápice. En tanto la maquinaria polí­tica (sea que se afina y aceita única y exclusivamente para eventos electorales) viva a cuenta de esas «donaciones» misteriosas, el resultado será el mismo: no habrá cambios estructurales, es decir seguirá siendo lo mismo. Cambio de rostros, cambio de voces, pero magros y reiterados deficientes resultados.

Es como cuando un profesor de una universidad que se precia por su excelencia académica, liberalí­sima en la imposición de su pensamiento, y cuyos comentarios son publicados semanalmente en un matutino, disfruta además del usufructo de varios «espacios» en medios electrónicos de comunicación social. Hoy, en su columna hace una amplia gama de su acervo descriptivo y mejunje intelectual, para que al final de su descripción en torno a las revistas «llena-espacio», simplemente concluye desconocer a que se puedan dedicar cotidianamente todas esas personas de sonrisas artificiales, de suntuosas mansiones y aparentes poseedores de los más lujosos y último modelo en automóviles. Así­ es como nos llevan y traen los aspectos fundamentales de la historia. Cómo es posible que con tan banales explicaciones se pretenda entender y muchos menos interpretar nuestra historia. Y así­ se atreve a cuestionar nuestro entorno, vaya caradura.

Estamos tocando fondo. Estamos llegando al lí­mite del soporte entre la fachada y sus propios condicionamientos. Estamos llegando al punto en el cual no será posible sostener más promesas, ofrecer otras realidades y plantear opciones de cambio, si no se atreven (o atrevemos) a expresar la causa del por qué está o no está tal cosa, de cómo se encuentra en la actualidad. Ya no es dable o no debiera serlo, el hecho de continuar engañándonos cada cuatro años con el tal vez: «Ahora sí­». Visto está que tal falsa expectativa no tiene, pues nunca la ha tenido, futuro alguno.