La conocida fábula del Tiburón y las Sardinas, escrita por Juan José Arévalo y relacionada con las grandes potencias y los países pequeños, inspira a comentar lo que ahora está sucediendo en las filas del partido oficial donde los diputados distritales buscan por todos los medios colocar a quienes les ayudaron en sus campañas, sea con dinero o con trabajo directo, en cumplimiento de los ancestrales compromisos que adquieren los políticos.
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Y digo que se vale pensar en el Tiburón y las Sardinas porque el Presidente les ha advertido a sus diputados que ni sueñen con que se continuará con la práctica de que los diputados puedan colocar a sus simpatizantes en puestos de sus respectivos departamentos, pero lamentablemente no puede decirse lo mismo de la decisión del mismo mandatario quien a sus financistas les abrió de par en par las puertas del Estado para que se coloquen en posiciones de enorme relevancia. En otras palabras, el trato al Tiburón, el pez grande que pudo hacer donaciones millonarias, es muy diferente al reservado para las sardinas, aquellos activistas departamentales que se fajaron impulsando la candidatura no sólo de su candidato a diputado sino también del mismo candidato presidencial, y que ahora no tienen esperanza de conseguir ningún puesto.
Creemos que la tesis del Presidente de que tienen que entender que es distinta la forma de hacer política y de ejercer el poder, esperando que los diputados sean los primeros que lo deben comprender, se derrumba cuando uno ve que para los que financiaron al Presidente hay ministerios, secretarías, presidencias de entidades autónomas y, en general, puestos de gran responsabilidad donde, además, se tiene el control de millonarias sumas del erario. Ojalá que esas sumas sean bien administradas, pero la tendencia de los últimos gobiernos, colocando a los financistas en puestos de gran responsabilidad, ha sido funesta.
Portillo fue posiblemente el primero en abrir esas puertas del poder de par en par a sus financistas y el resultado es de sobra conocido. Berger hizo lo propio, colocando como comisionados, secretarios y ministros a quienes fueron los encargados del financiamiento de su campaña y poco a poco principian a salir a luz detalles de lo que eso significó. Y ahora el nuevo Presidente hace lo propio, con la enorme diferencia de que usa un rasero distinto para los tiburones, esos «grandes contribuyentes» y otro para las sardinas, aquellos activistas que pusieron su tiempo y trabajo al servicio de la causa confiando en que podrían encontrar un empleo en alguna dependencia de gobierno, de acuerdo a la tradición .
Es tiempo de enderezar la forma de hacer política, como dice Colom, pero no sólo con las sardinas. Ojo con los tiburones porque a la larga el costo social de una sardina es mínimo mientras que los efectos de las andanzas de un tiburón pueden ser devastadores. Y es que si el ejemplo hubiera sido tajante al dejar fuera a los financistas, aunque sea de manera formal porque todos sabemos que ellos saben cómo recuperar su inversión, se tendría absoluta autoridad moral para mandar a la punta de un cuerno cualquier intención de los diputados. Pero usando dos raseros, queda la sensación de que, como siempre, la pita se rompe por lo más delgado y que el trabajo del activista político es objeto de menosprecio.