Cuando daban las diez y veinte de la mañana la segundera que cortaba por la mitad el diámetro del reloj que está sostenido en una de las paredes del viejo Café León en la octava avenida se detuvo; después de eso sobrevino el caos y la destrucción avasalladora. Buena parte del territorio nacional acaba de ser devastado por un terremoto de siete punto nueve grados al liberarse presión de la placa de Cocos, activando la falla del Motagua. Esta sacudida de la corteza es mayor en cuatro décimas que la ocurrida hace treinta y cuatro años y por lo tanto la destrucción se avizora de dimensiones inmensamente catastróficas. El sismo duró lo suficiente para fracturar los principales centros urbanos desde la capital hasta el extremo occidente demoliendo casas, edificios y puentes que han quedado tendidos. La gran represa fue sometida a las mismas fuerzas de la naturaleza y hay daños estructurales en la pared que sostiene el embalse. En la ciudad capital el caos es terrible y los muertos se presumen por cientos de miles, el puente que une el Centro con una de las zonas occidentales perdió una de las vigas que lo sostiene, cayendo al vacío la parte que conecta con la zona uno, varios autos y dos camiones terminaron en el fondo del barranco aplastando covachas y personas, solo quedó colgando un rótulo que dice «prohibido suicidarse».
En las calles el desconcierto es terrible, las personas tratan de localizar por celular a sus familiares, pero el sistema ha colapsado, sea porque las antenas han sido destruidas o por la saturación de llamadas. Las líneas fijas también están dañadas y la gente se abalanza sobre los pocos teléfonos monederos que se sostienen en las calles. La cúpula de dos grandes iglesias en el barrio histórico de la ciudad sumieron su nave central a escombros. Viejas construcciones de la misma zona han aguantado el sismo aunque con daños estructurales, es desconcertante que soportaran un segundo terremoto. El mercado central no tuvo la misma suerte y el piso superior aplastó a los dos inferiores, el Palacio Nacional sufrió daños en las torretas que se orientan al oriente cayendo una de ellas, se nota un boquete que deja desnudo el interior del mismo. En la zona once un centro comercial cayó completamente y cientos de condominios asemejan cajitas de cartón corrugado. En la zona cuatro toda la vidriería de un edificio bancario ha caído y la Torre perdió uno de sus soportes, quedó como la de Pisa. En la zona diez varios edificios de apartamentos que se mantenían en construcción se han venido a suelo y el obelisco dejó de apuntar hacia arriba.
En el momento de la catástrofe un avión rodaba por la pista del aeropuerto y terminó empotrado en una de las mangas de acceso, se abrieron grietas en el asfalto de la pista de acceso. Varias gasolineras se han visto en sendos incendios y en otras se ven peligrosamente derramando combustible por las calles. Se prevé lo peor para miles de niños que a esa hora recibían clases en sus centros de estudio, igual cantidad de padres y madres mueren de angustia ante la incertidumbre, nunca averiguaron cual era el plan de contingencia de cada escuela. La radio como medio de tradición es el único que transmite información de manera somera, muchas antenas se perdieron al igual que reporteros.
Esta es la prueba final para todos los que, en un silencio cómplice, esperábamos que esto sucediera un día. Quedaron expuestos además de miles de cuerpos, una ciudad semidestruida, un país con grietas profundas, la fragilidad de un Estado y la capacidad superada de la institucionalidad antidesastres. A pesar de la magnitud, este es el examen final para los que construyeron con patrones antisísmicos y para los que diseñaron planes de contingencia, lo cual no aseguró necesariamente que se salvaran vidas, esa decisión ha sido de la naturaleza. Los sobrevivientes se preguntan por qué y cómo. Lo que sucedió en unos minutos significará el detenimiento de años en el reloj biológico del país. Son las diez y media, termino mi bebida y al dejar de observar el viejo reloj en el Café León, termina mi pesadilla despierta de diez minutos terribles, pago y me voy caminando por la calle con la tranquilidad que me sigue ofreciendo la incertidumbre.