Las figuras míticas se edifican con un pasado lo suficientemente lejano para que perduren siempre en el presente, son recursos ideológicos que articulan el poder hegemónico para imponer su noción de verdad, para oscurecer las causas de hechos que les impugnan. Ese pretérito de tales semidioses incluye batallas y actos heroicos así como acciones que sobrepasan su misma condición humana.
La función de esas formas de ficción que también pueden ser relatos o leyendas, es simbólica pues moldea y fija una distorsión de la realidad en el imaginario colectivo; y es política porque como dije, se construyen y se imponen hegemonías que anulan posiciones y grupos sociales completos. Por estas latitudes guatemaltecas, la identidad nacional como muchos lo asumen y pocos lo entienden, se confunde con la nostalgia por una serie de tradiciones que para nada tienen que ver con la conformación histórica y cultural de este país. Así pues nunca falta el que añora una marca de pollo masificado como elemento identitario, o el que cree que el evento de fuegos artificiales al final de año, que la misma marca de pollo difunde, forma parte de una especie de legado cultural. La posibilidad de una identidad nacional fue distorsionada irreparablemente por la memoria que borró el proceso de colonización, y hoy se sostiene sobre el combo de alegorías patrióticas que incluyen ave, árbol, himno, instrumento musical y héroe, en una lata del “todos somos iguales”. Por el año sesenta del siglo pasado, la exaltación por el llamado héroe nacional Tekum Umam quedó decretada por el Congreso Nacional, edificando a partir de allí la figura de un superhombre Kiché que se enfrentó al conquistador Pedro de Alvarado pero que murió en la batalla. Era el tiempo de Miguel Ydígoras Fuentes, era la época en que lo militar se afianzaba como un poder supremo que desbordaría al mismo Estado, era el tiempo de la amenaza comunista mundial y Guatemala no era excepción. Enarbolar a un guerrero Kiché tenía pues el doble propósito de dotar de moral a las tropas y a la vez de implementar una figura que aludiera a un nacionalismo que hiciera frente al inminente comunismo. Sin embargo, el famoso Tekum no existió en realidad, fue todo obra de una fina impostura dotada de un falso patriotismo y de una nueva recarga de neocolonialidad, a cargo de personajes neocriollos promotores de una figura que surge a su vez de otra tergiversación anterior. Era la primera mitad de siglo XVI en los territorios colonizados en América Central y las insurrecciones Kakchikeles y Kichés empezaban a atentar contra el poder establecido, la opción de la violencia debía acompañarse de acciones más sutiles como las que la iglesia Católica siempre ha sabido desarrollar. El Baile de la Conquista como versión distorsionada de la Danza de Moros y Cristianos fue una de aquellas argucias diseñadas por curas cuya misión era el sometimiento de la población indígena como “hijos de dios”. La versión de ese Baile que exalta la derrota de los indígenas en lugares como los llanos del Pinal y de Urbina, se difundió atendiendo las necesidades coloniales de aculturación y se convirtió en un referente mítico que escenificaba la muerte de un guerrero de nombre Tekum Umam, un héroe que no existió en la realidad, pero que fue convenientemente creado. Guillermo Paz Cárcamo, es la persona responsable de contribuir de manera certera y seria, a desenmascarar aquella quimera a través de una investigación que dio por resultado el libro “La Máscara de Tekum”. Pasaron siglos desde aquella invención ficticia y mientras otras culturas tuvieron sus titanes de carne y hueso, Guatemala le levantaba una escultura superlativa a un héroe de papel.