Tarjeta roja para los transportistas


Salvo los cafres que nunca faltan, el pueblo guatemalteco en general, la gran mayorí­a de las autoridades constituidas, el Tribunal Supremo Electoral y los miles de colaboradores voluntarios que hicieron posible los comicios electorales realizados el pasado domingo, merecen recibir medalla de oro por su magní­fico comportamiento. Entre los cafres que menciono al principio, destacan los transportistas, quienes importándoles muy poco la seguridad, la comodidad de los usuarios, como el compromiso adquirido para servir a la comunidad deseosa de cumplir con el deber cí­vico de concurrir a las urnas, se fueron a encontrar con la crasa irresponsabilidad que los caracteriza.

Francisco Cáceres Barrios

Por todos es sabido que las urnas se abrirí­an a las siete de la mañana. ¿Por qué el transporte urbano no inició como siempre sus labores a las 5:00 horas para facilitarles a quienes pensaron acertadamente en votar lo más temprano posible? No, lo hicieron cuando les roncó la gana, aprovechándose de que el transporte era gratis (pero que el pueblo lo paga tarde o temprano) siguieron abusando de los aguantadores usuarios tomando las rutas más inoportunas; dieron el mal trato de siempre y para colmo, a pesar de los torrenciales aguaceros de la tarde, algunos dispusieron abandonar el servicio pasado el mediodí­a.

¿Para las autoridades centrales y municipales no merecen tarjeta roja estos zánganos? No me pasa por la mente qué clase de compromisos pueda existir entre la clase polí­tica que lleva más de 16 años de dirigir tan vital servicio público y los transportistas, hasta el punto de hacer con la población lo que se les da la real gana. Pero el asunto no termina en la metrópoli guatemalteca. Los tentáculos de la corrupción y del abuso se extienden por todo el paí­s. El transporte extraurbano sigue siendo la causa de innumerable cantidad de accidentes y sin ningún temor cometen cuanta violación pueda existir para la ley de tránsito.

No importa si los precios de los combustibles bajan. Los autobuseros suben las tarifas y no existe autoridad alguna que los detenga. Vehí­culos de primera, segunda u octava categorí­a hacen lo mismo, hayan o no hayan elecciones, sea o no temporada de mayor movimiento interdepartamental. Lo mismo sucede en Sololá, sean las camionetas o los llamados «picoperos». No importa que sea la segunda ciudad en importancia, Quetzaltenango o Cantel, Zunil o Almolonga. También en Sacatepéquez incrementaron 25 len al pasaje, en Huehuetenango, en Totonicapán, en Cubulco o en Amatitlán. La anarquí­a no es privilegio de ninguno de los 22 departamentos de la República. Que bueno serí­a que siquiera una de tantas autoridades recién electas o uno de los contendientes de la segunda vuelta les pusiera las peras a cuatro a los transportistas. Los votos a su favor no se harí­an esperar. ¿Cuánto apuestan?