Muy bonito el Día del Padre. Ayer mis hijos me regalaron su cariño cósmico más allá de lo habitual. El pequeño de siete años me dio una cámara fotográfica artesanal, hecha de papel y cartón en sus clases de artes plásticas. El veterano de once, quiso sobresalir también con una libreta, yo le llamé futurista, posmodernista y latinoamericana, con el objeto de que la use en la oficina. Pero, más allá de los obsequios físicos, me llenó la sonrisa abierta del pequeño, sin ningún diente de frente (los ha botado todos con alegría) y el desayuno que el grande me llevó muy temprano a mi estudio.
Un día tan bonito, sin embargo, debe hacernos reflexionar sobre nuestra misión de padres. No sé si el término es del agrado de todos, pero independientemente de la palabreja, los “pater familiae” tienen (tenemos) una tarea que cumplir que sin duda va más allá de ser proveedores del hogar. Le presento tres tareas que son importantes, pero no únicas que usted, si le apetece, puede agregar cuando se la piense.
Primero. Ser modelo. Lo quieran o no, los padres de familia son paradigmáticos para sus hijos. Esta función es terriblemente horrorosa para quien se lo toma en serio, porque exige de los padres vigilancia, disciplina, esfuerzo y mucha atención. Si antes las acciones carecían de gran significado, ahora cada paso dado debe considerarse como si tuviera un carácter extraordinario. Esto si se comprende, por supuesto, que los ojos de los hijos están atentos en todo y ellos serán repetidores inevitables de lo observado.
Segunda tarea. Formar el carácter. Quizá una de las funciones más importantes de ser padres sea la formación de los hijos. Y, si bien es cierto, el ejemplo es vital, lo son también las ocasiones en las que intervenimos tanto con palabras como con acciones. Por eso es ineludible conversar con los hijos. ¿Cuánto hay que hacerlo? La respuesta es, siempre. No hay que dejar de platicar con ellos y corregirles con buenas maneras, practicando, como dicen los franceses “l’esprit de finesse”.
Hay que instaurar en el hogar una ética basada en principios: bondad, belleza, verdad, justicia, honradez, disciplina, trabajo y un etcétera que conduzca a los niños a ser personas de bien. Todo lo anterior, aderezado con la caridad. Mostrándoles a los niños que hay que ser tolerantes y proclives al perdón y la indulgencia. Lejos de actitudes talibanas que conviertan a los pequeños en inquisidores y jueces severos. En esto puede ayudar el ejemplo del padre, siempre moderado cuando se trata del diario vivir.
Tercero. Enseñar a vivir. La escuela instruirá en las letras y los números, pero la visión de vida la tendrán que ofrecer los padres. Ellos deben animar una philosophia vitae cuyo resultado sea el optimismo, la alegría, la serenidad y la actitud sabia del buen vivir. Esto pasa por hacer del hogar un lugar de paz, donde los temores y el miedo son inexistentes. Es imperativo fundar una escuela que celebre la vida y un espacio para aprender a superar los problemas. Estos no se esconden sino se enfrentan, fortalecidos por una vida del espíritu también cimentada en casa.
Como se ve, es muy grato celebrar el Día del Padre, pero la tarea está llena de responsabilidades y es a veces agotadora. Menos mal que una vez al año se nos invita a seguir adelante y nuestros hijos nos hacen porras, diciéndonos algo así como “no eres el padre perfecto, pero con todo, eres importante para nosotros y te amamos. Muchas gracias”.