Hay fechas que se caracterizan porque provocan emociones y sentimientos. La Navidad es, en mi caso, una de ellas y desde pequeño siempre recuerdo como marca y característica de la fecha la tristeza que embargaba a mi abuelo el día de la Nochebuena porque fue cabalmente un 24 de diciembre cuando su padre, el coronel Jesús Marroquín Rojas, fue emboscado por uno de esos trágicos líos de tierra que están tan presentes en la vida de numerosas familias del país. Luego, con los hijos primero y con los nietos después, el sentido de la Navidad empezó a ser distinto y en el rostro de los pequeños y en la pequeña procesión de la medianoche, cuando el más pequeño de los que podían caminar es el encargado de llevar al Niño a su pesebre, hemos encontrado un sabor especial que, sin embargo, siempre humedece los ojos por alguna gracia recibida o por alguna pena que se lleva.
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En esta Navidad, como en las anteriores, tengo muchas razones para hincarme ante el Niño para darle gracias por las bendiciones recibidas y acaso la más importante esté en esas muestras de apoyo y solidaridad que con mi familia recibimos luego del ataque que sufrió José Carlos. Gente con la que uno no tiene mayor contacto y personas a las que ni siquiera conocíamos y que, sin embargo, fueron contundentes en su fraterno gesto, no digamos aquellas que siempre nos han mostrado su amistad y cariño.
Volveremos a echar de menos a los nietos ausentes que en esta ocasión no pudieron venir a compartir con sus primos con esa entrega tan fácil que nos vuelve a sorprender una y otra vez cuando los vemos juntos y nos damos cuenta que la distancia no aminora el cariño, pero el haber tenido la dicha de tener a los ocho juntos hace pocas semanas junto a los bisabuelos en Florida disipa un poco esa nostalgia que provoca la lejanía de cinco de los patojos que esta vez estarán celebrando por su cuenta esta fiesta familiar.
Recuerdo cuando vivimos la primera Nochebuena sin la presencia de los Marroquín Hormaeche y nos sentimos totalmente devastados por la ausencia. Es indudable que el hombre se va acostumbrando a las realidades y aprende a manejarlas aunque le afecten terriblemente. Este 24 estaremos en contacto por teléfono con los hijos en la distancia y trataremos de tener ese momento especial en el que, como es costumbre, damos gracias juntos a Dios por todas las bendiciones que derrama sobre nosotros y para pedir por nuestros enfermos, por los que están en riesgo y por las particulares necesidades de todos y cada uno de la familia.
Más de una lágrima correrá al momento de hacer nuestras oraciones al Niño que vino al mundo a darse entero. Mientras empiecen a tronar los bulliciosos cohetes, nosotros estaremos de rodillas frente al pesebre tras habernos dado el abrazo fuerte y expresivo. De rodillas para agradecer al Niño la bendición de creer en í‰l y de confiarle nuestro destino, aceptando su plan con humildad y compromiso. Y en ese momento, otra vez, volveré a pedirle al Niño por tanta gente a la que debo un agradecimiento profundo y eterno. Una oración para que Dios los proteja y los colme de bendiciones a ellos y a los míos.