Con tristeza e incredulidad he escuchado opiniones de gente que asegura que los desastres naturales, los que por cierto en gran cantidad nuestro país ha tenido que sufrir en los últimos tiempos, son castigos de Dios, porque sus hijos en Guatemala somos muy pecadores y por ello los estamos mereciendo. No entro a calificar las razones que motivan a mis paisanos expresar tales criterios, sino me circunscribo a los hechos y a las medidas que las personas responsables de evitarlos no han tomado oportuna, práctica y técnicamente, lo que ha provocado grandes daños a la infraestructura como a gran número de nuestra población y su repetición o agravamiento.
Concretamente me refiero al triste y lamentable deslave ocurrido el 4 de enero en el Cerro Los Chorros en San Cristóbal, Alta Verapaz, hecho que se repitió tres semanas después con peores consecuencias ya por todos conocidas.
¿Qué pasó con la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) que se concretó simplemente a prohibir el paso por el lugar sin ofrecerle a los pobladores circunvecinos otras opciones para poderse movilizar, aún sabiendo el riesgo que corrían y que por la propia idiosincrasia de nuestra población lo más seguro es que seguirían utilizando el camino que tantos riesgos representaban? Claro, lo que siempre he dicho, nuestras dependencias públicas se concretan a hacer siempre lo más fácil, importándoles un pito que por su desidia, desinterés o irresponsabilidad pueda causar desastres como el que nos ha tocado presenciar y a sus víctimas padecer. Si bien es cierto que era necesario hacer un estudio técnico a fondo de la situación imperante en el cerro, también lo es que a simple vista era de esperarse que la montaña siguiera su proceso de deterioro hasta llegar al punto en que ahora se encuentra.
El tema de la urgente necesidad de aplicar la prevención de riesgos en los diversos campos que comprende (de trabajo, tránsito, incendios, desastres naturales, etc.) lo he venido tocando desde los más de 20 años que tengo de escribir esta columna gracias a la benevolencia del Diario La Hora, sin embargo, está demostrado que la inexperiencia e incapacidad de nuestras autoridades no les ha permitido asumir con responsabilidad y decoro sus obligaciones, al punto, que seguimos teniendo funcionarios en puestos con títulos cada vez más rimbombantes y con buenas remuneraciones, sin que a estas alturas puedan asumir debidamente el rol que les corresponde, por lo que cabe otra vez preguntar ¿quién paga sus costos y las consecuencias de ello, acaso no es invariablemente la población?, ¿será mucho pedir entonces que de una vez por todas se acaben las improvisaciones y los nombramientos atendiendo a intereses personales o politiqueros y no a su capacidad, conocimientos y experiencia?