«Reivindicamos el ataque suicida de Lahore, en represalia a la ofensiva» del ejército contra los talibanes «en el valle de Swat» (noroeste), declaró a la AFP desde un lugar desconocido Hakimulá Mehsud, uno de los comandantes del TTP y portavoz del jefe del movimiento, Baitula Mehsud.
Durante la noche, un misterioso Movimiento de Talibanes del Pendjab, había reivindicado el atentado en un sitio internet turco y en lengua turca, pero la reivindicación no fue autentificada por los servicios de inteligencia paquistaníes, que aseguraron que era falsa o un engaño.
El miércoles por la mañana, en pleno corazón de Lahore, megalópolis de 10 millones de habitantes, un comando de al menos tres hombres armados con fusiles de asalto y granadas, intentó forzar la entrada de un complejo de edificios donde funciona la policía y los principales servicios de inteligencia, el poderoso ISI.
Al no conseguirlo, dos kamikazes hicieron estallar un vehículo cargado con unos cien kilos de explosivos a varias decenas de metros de los edificios, en uno de los cuales funcionaba la policía de emergencia, que se derrumbó.
La policía paquistaní logró matar al tercer agresor.
En el atentado murieron 24 personas, entre éstas 13 policías y un oficial de alto rango del ISI.
Ya el miércoles, las fuerzas de seguridad arrestaron a una decena de personas para interrogarlas, indicó a la AFP un investigador que pidió el anonimato y se negó a indicar si se trataba de sospechosos o de una «redada» más amplia para intentar encontrar alguna pista.
Un alto responsable de la policía confirmó las detenciones pero aseguró que los interrogatorios no habían permitido avanzar demasiado.
El miércoles, el gobierno paquistaní había acusado a los talibanes paquistaníes de haber querido vengarse, como lo prometieron varias veces, por la ofensiva militar en el valle del Swat, que el gobierno lanzó para desalojar a los talibanes que controlan la zona desde hace casi dos años.
En Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, donde las fuerzas afganas y de la coalición internacional liderada por Estados Unidos luchan contra los talibanes afganos, los militares tamaron el jueves a 34 combatientes islamistas.
El jefe tribal Baitula Mehsud, que dirige el Tehreek-e-Taliban (TTP, Movimiento de los Talibanes de Pakistán), reinvincó o fue responsabilizado de la mayoría de los 220 atentados cometidos en el país en los últimos dos años, en los que murieron 1.900 personas, en represalias por la alianza de Islamabad con Washington desde 2001 en su «guerra contra el terrorismo».
Estados Unidos, que lo considera como el líder de los grupos adheridos a Al Qaida en Pakistán, prometió una recompensa de 5 millones de dólares por cualquier información que permita capturarlo o matarlo.
«Nos estábamos preparando para atacar un blanco desde el inicio de la ofensiva en Swat» hace un mes y «por la gracia de Dios, lo hemos logrado», aseguró Hakimula Mehsud.
Baitula Mehsud reivindicó personalmente un ataque anterior similar, hace dos meses, contra una academia de policía en Lahore.
Los talibanes paquistaníes, entre éstos Mehsud, que están ligados a Al Qaida, decretaron en el verano boreal de 2007, al mismo tiempo que el propio Osama Bin Laden, la «Yihad» (guerra santa) a Pakistán por su apoyo a Estados Unidos.
«Si alguien quiere presenciar el día del juicio final, debería ir a Mingora», afirma Mohamed Daud, uno de los traumatizados desplazados por la fiera ofensiva del ejército paquistaní en la capital del valle de Swat.
«No queda nada para la supervivencia de la gente», asegura Daud, un sastre que sobrevivió comiendo patatas robadas de casa de su vecino durante 20 días, mientras las tropas paquistaníes luchaban contra los insurgentes talibanes en las montañas.
Finalmente, Daud pudo huir a Peshawar, la capital de la Provincia de la Frontera Noroeste. Pero muchos de los civiles que se quedaron en Mingora sienten odio hacia los islamistas que han convertido la capital del distrito en una ciudad fantasma.
Situada en las colinas, a 160 km al noroeste de la capital Islamabad, esta ciudad fue otrora activa, repleta de comercios y de turistas que venían a la región para disfrutar del aire limpio de la montaña.
Pero, en menos de dos años, ha soportado la insurgencia de los talibanes y tres ofensivas del ejército paquistaní.
No hay electricidad y escasean el agua y la comida. En las calles, atricheradas con sacos de arena, resuenan los disparos de las ametralladoras y el estruendo de los camiones militares.
«La gente de mi edad odia a los talibanes. Miren lo que le hicieron a esta espléndida ciudad», afirman Saranzeb Jan, de 18 años, uno de los pocos miles de personas que no pudo huir de Mingora antes de que el ejército lanzase su ofensiva en Swat el 8 de mayo.
Jan habló con un grupo de periodistas que el ejército llevó hasta Mingora, donde afirma controlar el 70%% de la ciudad.
Mientras hacía la cola para recibir ayuda alimentaria de un camión militar, Jan miraba desesperado la carretera desierta.
«No tenemos electricidad, ni teléfono, ni gas natural para cocinar, ni agua», afirmó Jan, estudiante universitario.
Un puñado de mujeres vestidas con burkas y cargadas de niños deambulaban por las carreteras, desesperados por encontrar uno de los puntos de distribución de alimentos.
Hasta hace una semana, violentos rebeldes talibanes patrullaban a las calles de Mingora, armados con rifles y lanzacohetes, en su intento de extender su control e imponer una estricta ley islámica.
Un portavoz talibán afirmó esta semana que los insurgentes estaban abandonando la ciudad y pedían un alto el fuego para evitar víctimas civiles.
Mohamed Shakil, de 25 años, vive en barrio Shah Mardan de Mingora y explicó por teléfono a la AFP que un grupo de insurgentes había irrumpido en su casa dos días antes aparentemente buscando una forma de huir de la ciudad disfrazados.
«Pidieron una cuchilla de afeitar y rápidamente se afeitaron la barba», afirmó Shakil.
«También me pidieron mi ropa y se cambiaron de atuendo. Cuando se iban, uno de ellos lanzó un paquete de billetes con 10.000 rupias (124 dólares). «Esta es tu parte del nuestro botín», dijo», relató.
La mayor parte de edificios y mercados de Mingora siguen intactos. Con una excepción, la conocida zona de Green Chowk, una plaza donde los talibanes solían arrojar los cadáveres de sus víctimas y cuyas paredes tienen numerosos agujeros de bala y de impactos de mortero, comprobó un periodista de la AFP.